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Juan Cristóbal Romero (Santiago de Chile, 1974) es probablemente el mejor poeta de su generación. Así lo han confirmado el Premio Municipal de Poesía, obtenido con su libro Rodas (2008), y su Antología XXXIII poemas (2010) que su editor, Ernesto Pfeiffer, me entregó en Valparaíso la tarde del 27 de noviembre.

Siguiendo el ejemplo del peruano Carlos Germán Belli, el lirida chileno se distingue por la deliberada extemporaneidad de sus contenidos y la destreza de su factura tradicionalista, impecable e implacable. Para Rafael Rubio R., su prologuista, Romero tiende a ser un neoclásico español; yo diría que es un reescriturador, un enamorado de épocas pretéritas, un pulido cultor del verso con medida. Sin duda, demuestra ser un decoroso maestro de la métrica, a la que revitaliza en décimas, perfectos sonetos y coplas de pie quebrado, y a través de la restauración de la rima.

Sin embargo, no todos sus coherentes y escogidos treinta y tres poemas logran convencer. Yo prefiero “Un modernista tardío en algún rincón de Sudamérica”, diestro en el manejo esquicito del dístico asonante, herencia de los rimadores ingleses; “Los catorce maravedíes”, recreación actualizada de Américo Vespucio y modelo de epístola; “A propósito de una cita con un vate de moda”, de coloquiales dísticos consonantes; ´´Ritmo´´, muestra fiel a su título; y ´´algunos contemporáneos´´, donde canta sus fuentes nutricias y que es preciso transcribir:

Leí a Julio y a Miguel,/licores del inframundo:/ el primero, engañador;/fino aguardiente, el segundo.// Leí también a Kurt Folch,/ángel caído del cielo:/alcohol extremo y amargo/que no tiene paralelo.//Leí los versos de Rubio/cuya resina es antigua:/ estrofas de triste leño,/ sabia clara, pero ambigua.// Y también a Joannon,/ censor de mis pobres artes:/río compacto y profundo/que emana de muchas partes.//Pero leí a Adán Méndez,/a Tácito, el más discreto;/ editor, poeta intérprete/ de Cabral de Melo Neto.// Fue quien primero vertió,/ con puño firme y sereno,/ la tisana brasilera/en el cántaro chileno,/quien le devolvió la rima/la exactitud de una gota, /quien le puso dique al verso/cuando sin medida brota,// Quien me enseñó a navegar/los vastos mares de Lihn,/esquiva ballena blanca/que fue de Parra el delfín.//Sí, leí al poeta Méndez, / su flor que riega a escondidas,/y en cada línea leí/emociones contenidas://palabras que se avergüenzan/de mostrarse desvalidas,/letras que sólo se dejan/leer si no son leídas.

Publicado con la reproducción facsimilar de su manuscrito, el poema anterior es el único inédito de la antología; los demás proceden de Muralla (2003), primer poemario de Romero, de su traducción Libro segundo de los cantos de Horacio (2006) y del ya referido Rodas, centrado en una evocación de la isla griega.

En fin, Juan Cristóbal Romero tiene mucho que enseñar a los versolibristas que pululan en Latinoamérica y están lejos de emitir las emociones contenidas de todo auténtico poeta. Entre otras cualidades, Romero ofrece la de retornar a los clásicos (como el latino Quinto Horacio Flaco) y la de recurrir a una constante y lúcida metapoeta.

Vuelo de Copa 118/

28 de noviembre, 2012.