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En el sueño delirante de su mala conciencia el inquisidor de Dostoyevski, en Los Hermanos Karamazov, decide echar preso al inoportuno Jesucristo; pues no soporta el reclamo de la contradicción de sus prácticas inhumanas en nombre de la mítica salvación sus víctimas.

Los dos últimos sábados en esta página se ha atacado la libertad de expresión de las opiniones ateas con argumentos ad hominem. No se confronta opiniones con opiniones, sino con dogmatismos; y ni siquiera se hacen las debidas citas textuales, nada más se acusa y criminaliza o penaliza una forma de pensamiento. Tan solo se sanciona y excluye unas formas de pensamiento en un supuesto ajuste de cuentas del autor con unos familiares que no interesan en un medio público. Un inquisidor incapaz de entender y respetar la diversidad de sentidos de la existencia, de los que él mismo podría ser ejemplo en sus propias contradicciones e incoherencias.

No existe una fundamentación absoluta del bien en ningún acto moral, cuya elección cuando es libre se resuelve siempre en contradicciones. Luego, nadie debería tomar su moral privada como medida de juicio público excluyente de las expresiones ajenas, para “amonestar” o “recriminar” de forma autoritaria. Se encargan las instituciones de legislar sobre la convivencia pacífica que es el único límite a la libertad de expresión. Y el Estado democrático no admite a ninguna moral privada convertirse en sanción de moral pública, lo que da base a la libertad de cultos que protege el derecho de los creyentes de distintas religiones.

Este autor ignora que un texto de opinión, como el suyo, se explica por sus supuestos, y puede ser contradicho en sana lógica desde otros supuestos. Pero no lo contradice si parte de excluir la libertad de expresión del pensamiento que pretende contradecir; pues, simplemente, pone en evidencia su intención de anular e invalidar al otro autor de forma autoritaria. No argumenta contra sus ideas. Eso no es discusión de ideas. El dogmático no rebate, sólo impone sus ocurrencias. Aunque, como el inquisidor de Dostoyevski, el dogmático resuelve su mala conciencia haciéndose la víctima.

Si las virtudes “teologales” pudieran servir al inquisidor, debería comenzar por no negarlas a su adversario. Los teólogos Edward Schillebeeckx e Yves Congar, de gran influencia en el Concilio Vaticano II, explicaron el abandono de la Iglesia Católica del “fuera de la Iglesia no hay salvación”, para permitir el diálogo ecuménico con los “hermanos separados”.

Además, entre los jesuitas, sabiendo que la mayoría del profesorado de su centenar de universidades son ateos, han cultivado la tolerancia que llaman “diálogo con el ateísmo”; y sus teólogos Karl Rahner y Hans Kung han desarrollado el concepto de “cristiano anónimo” como forma respetuosa de admitir la ética de los ateos.

Así resulta que el catolicismo que dice defender no es excluyente. Para su “agenda atea”, debería conocer la obra enciclopédica sobre el ateísmo moderno del entonces sacerdote salesiano Giulio Girardi, editada en español por la Editorial Cristiandad en varios tomos, para conocer la diversidad de formulaciones del ateísmo.

Mi opinión es que las creencias, aunque sean fenómenos sociales, parten de la cultura y las prácticas sociales, son cuestiones personales a respetar; como se respeta que alguien gaste en la lotería el dinero que tanto necesita, confiando en una probabilidad remota que se acerca a cero. Pero los enunciados ideológicos de las creencias son opiniones discutibles, así sea de espíritus o conjuros que suelen resultar de ideas obsesivas. Por ejemplo, en una discusión se pueden confrontar el naturalismo versus naturismo, pues el escepticismo es una función del método científico, y ningún argumento de autoridad puede limitar esta forma de conocimiento.

* Catedrático retirado.