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Estamos acostumbrados a interpretar principalmente el dolor bajo dos significados: como un sufrimiento físico causado por daños a nuestro organismo que afectan nuestra salud; o por experimentar un sentimiento de angustia o de pena, derivada de una pérdida importante en nuestra vida (un trabajo, una inversión, una persona querida, una esperanza). Lo que identifica estas dos interpretaciones es el sentimiento de privación de algo que existía y que ahora no tenemos.

Comporta un cambio que no siempre es fácil asimilar. Etimológicamente, cambio viene del latín cambium, o sea, dar una cosa por otra. Por eso sentimos que en este intercambio salimos perdiendo. Percibimos sobre todo, la parte faltante, lo negativo de esta negociación porque lo que nos ha quedado es un vaso semi-vacío.

Aprender a superar una privación, no es fácil, porque partimos de la percepción de lo ausente, sin contemplar que algo hemos ganado y, sobre todo, focalizar lo que todavía sigue en pie y que existe. La sabiduría popular del refrán “no hay mal que por bien no venga”, refleja esta perspectiva distinta de visualizar el vaso semi-lleno.

No todos reaccionamos de la misma manera y no todos logramos superar esta fase difícil, que se presenta en algunos momentos cruciales de nuestras vidas. Por eso se dice que el dolor, en un cierto sentido, es también subjetivo, ya que depende de nuestra percepción o visión del mundo. Para decirlo en otras palabras, de nuestra filosofía de vida. Lo que para unos es importante, para otros es insignificante o carente de valor. Y ninguno de nosotros tiene el derecho de sentirse juez, en decidir sobre lo que es sufrimiento o no sufrimiento, ya que cada historia personal encierra en sí misma su propio universo, que necesita sólo ser comprendido y respetado. Es sólo la persona misma quien puede re-interpretar este dolor y darle un nuevo significado.

La existencia del ser humano es un constate confrontarse con el sentimiento del desprendimiento, del desapego a la misma vida que no puede ser eterna y que entra en contradicción con el enraizamiento y lazos afectivos, que desde pequeños vamos creando que nos da un sentido de seguridad y pertenencia. Constantemente vivimos estas contradicciones que son aún más fuertes cuando tocamos el vacío de algo o alguien que ya no nos pertenece en nuestro cotidianoà. Es en ese momento que nos damos cuenta de la imprevisibilidad y lo transitorio de la existencia. Pasado y futuro son sólo puntos de referencia en nuestra memoria afectiva o en nuestros proyectos creados. Lo que sí existe, es el presente, el hoy, el momento, el instante que estamos viviendo. Y si este momento existe, es ésta la vida que tenemos que vivir. Es el decirse: hoy.

* Doctora en Psicología clínica, especialista en psico-oncología