Jorge Eduardo Arellano
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Solamente se es revolucionario en la juventud. Cuando se cumple más de treinta años y se asumen obligaciones, el ímpetu por transformar el mundo declina y la mayoría se vuelve conservador, y otros, la minoría, demagogos, o en el peor de los casos, esquizofrénicos.

Esta minoría presenta un discurso transformador, revolucionario, radical e incendiario, pero en la realidad viven materialmente igual a los burgueses que dicen criticar.

Sus hijos estudian en los mejores colegios, universidades del país o del extranjero; visitan las tiendas más caras y exclusivas; y utilizan automóviles de moda, entre otras prerrogativas que tienen. Nada malo en ello. Todo padre de familia pretende que sus hijos tengan un futuro promisorio.

Sin embargo, hechos y palabra no van de la mano; existe una mutación, escisión, división entre su conciencia y la realidad. Presentan una disfunción en la percepción de la realidad, es decir, una esquizofrenia política.

Robert Mugabe, el dictador africano, es un ejemplo de esa esquizofrénica, ya que vive en la irrealidad. Él cree que está más allá del bien y del mal; sueña con sus pasadas hazañas bélicas en la lucha por la liberación, y cree que ese pasado justifica sus desmanes del presente.

No se da cuenta y no reconoce que él no ha sabido revalidar su competencia como guerrillero en su labor como estadista.

Tiene 28 años de estar en el poder, y no le importa los métodos con tal de seguir en el trono. En los mítines públicos, arenga, contra todo que se oponga a sus designios, incluso contra los Estados Unidos y la Comunidad Europea, que a veces tímidamente protesta contra todos sus altanerías.

El escritor africano Donato Ndongo-Bidyogo se pregunta: ¿Estamos condenados los africanos a sufrir en silencio a nuestros sátrapas, sin que se haga nada efectivo para poner coto a la miseria y al terror que provocan?
Parece que sí, porque estos dictadores pretenden eternizarse a través de sus hijos, quienes esperan el turno para asumir el mando.

Los tiranos como Mugabe le han robado a generaciones el futuro, los han desprovisto de toda ilusión. Y esta impotencia, convertida en desesperación, es un caldo de cultivo para ambiciosos y aventureros, que igual que Mugabe en su momento, pretenden llegar al poder por medio de la violencia.

Está de moda discutir sobre las fronteras de la derecha y de la izquierda; y estas disquisiciones teóricas sólo alimentan la confusión. ¿Dónde ubicar, por ejemplo, a personas como Robert Mugabe? Él sigue creyendo que es un revolucionario, un marxista y un antiimperialista, pero los hechos dicen todo lo contrario: es un esquizofrénico político, que no le importa sacrificar a los ciudadanos de su país con tal de continuar en el poder.

Aunque ya Marx está en desuso, y pocos intelectuales le citan, acuño una categoría muy particular: la conciencia de clase, la cual consistía precisamente en darse cuenta de la existencia de la alienación; es decir, convertirse en otra cosa distinta de la que él mismo propiamente es y comportarse de un modo contrario a su propio ser.

Los tiranos como Robert Mugabe se convierten en verdugos de la propia clase que los vio crecer, aunque digan en sus discursos todo lo contrario. Asimismo, viven en un limbo político, porque no son lo que eran, y no aceptan ideológicamente (sí económicamente) lo que son en la actualidad.

Si no fuera por el sufrimiento, el dolor, la angustia y el daño que causa Robert Mugabe a la población, sería digno de lástima. Sin embargo, debido a su esquizofrenia política, solamente nos queda el despreciarlo a él y a todos los serviles que le acompañan.