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Era el año 1504, cuando Colón tocó tierras colombianas, por el norte del actual Chocó; la encontró poblada de numerosos grupos indígenas, entre los que sobresalían los chibchas, los caribes y los arawak como grupos lingüísticos principales. No encontraron un imperio indígena similar al de los aztecas en México o los incas en Perú.

España hacía ocho años había expulsado a los moros y estaba consolidándose como imperio y supuestamente descubriendo rutas comerciales alternativas hacia la India y Lejano Oriente, ante el cierre de esas rutas por la caída de Constantinopla, capital del Imperio Bizantino.

El proceso de conquista del territorio colombiano se llevó a cabo mediante licencias que la Corona otorgaba a particulares. Como se trataba de capitulaciones otorgadas a privados, surgieron los problemas entre ellos por su desmedida voracidad y el enriquecimiento rápido a costa de los indígenas a quienes robaban y vendían como esclavos. Este fue el comienzo de una cultura de dinero rápido.

Una forma de conquista que con la mentalidad de rapiña del Medievo enseñoreó estas tierras con intereses particulares, impulsados por curtidos soldados que conformaron los famosos tercios españoles. Los modelos sociales españoles de la Edad Media fueron reproducidos con exactitud y se ignoró más que en otros lugares de América los entramados sociales y culturales de los nativos, prohibiéndoles hasta el uso de sus propias lenguas. Esa posiblemente fue la impronta que condicionó la mentalidad de la actual oligarquía colombiana.

Durante el período de independencia de España prevalecieron las actitudes de la elite criolla en contra de una unidad constitucional, considerando que la unidad territorial del virreinato no tenía validez al haber desaparecido el poder de la corona; el resultado fue que cada provincia se comportó como un Estado republicano y, aun dentro de las provincias, se generaron movimientos separatistas que buscaban la conformación de entidades territoriales independientes. Al disolverse la Gran Colombia, en la vida republicana de la Nueva Granada se creó un modelo político excluyente que derivó en conflictos entre las elites regionales por el poder. Cuán duro y arduo debió ser el sueño de Bolívar.

En los años noventa, como en la mayoría de los países, Colombia aplicó el modelo neoliberal que incluyó el abandono abrupto de todas las medidas proteccionistas de su economía, que dieron como resultados unas altas tasas de desempleo, decrecimientos de la economía, deuda externa con record histórico, privatizaciones de empresas públicas vendidas a bajo costo y todas las consecuencias negativas que se derivan de la aplicación del modelo. El Plan Colombia fue el colofón del teatro de operaciones, redactado originalmente en inglés y presentado primero para la aprobación del gobierno de los EU, sin que ni siquiera fuera conocido por el Senado de Colombia.

Junto al modelo, va también de la mano la violencia a través de la represión y el exterminio físico de los sindicatos Según una misión de la Organización Internacional del Trabajo entre 1987 a 1999 fueron asesinados 2,700 activistas y dirigentes gremiales de los trabajadores.

Dentro del mismo contexto surgió otra forma de violencia: los grupos paramilitares. Estos representan en el campo a los terratenientes, grandes ganaderos, comerciantes e industriales, respaldados por el Estado y el Ejército para implementar una auténtica contrarreforma agraria. Según Naciones Unidas en Colombia se presenta una de las más elevadas cifras de desplazamiento interno de la población debido a la represión paramilitar. Y también para doblegar a la guerrilla, que es otro de los temas del laberinto colombiano.

La guerrilla es un resultado histórico de resistencia campesina frente a la expansión colonizadora de reductos agrarios desde 1950 por parte de los terratenientes y empresarios. Es una guerrilla fundamentalmente rural, siendo en el campo donde encuentra su base de sustentación social y económica. Ésta es una de las guerrillas más antiguas que existen en el mundo, muy ligada ideológicamente a su origen agrario, pero limitada por su incapacidad para adquirir influencia y presencia política en los grandes centros urbanos. La guerrilla no ha sido capaz de realizar una reflexión sobre un trabajo político que deje de ser meramente defensivo y convertirse en nuevo paradigma que articule las reivindicaciones sociales de los trabajadores.

Todo lo anteriormente enunciado está íntimamente vinculado al narcotráfico, factor determinante de la sociedad y cultura colombiana. La lucha contra la droga es casi tan antigua como la producción de cocaína. Llama la atención que los gobiernos colombianos no hayan podido diseñar su propia política.

Colombia ha sido obligada a adoptar un régimen prohibicionista que criminaliza la producción, comercialización y exportación de drogas, militarizando al país en esta lucha y responsabilizando a las FARC de haberse lucrado del negocio del tráfico. No obstante, las verdaderas ganancias no circulan por las selvas colombianas, ni favorecen a los cocaleros, sino hacia los poderosos agentes de la mafia internacional y de todos los que intervienen en el negocio, como las multinacionales productoras de químicos, bancos en los que se lavan los dólares, etc. Todo ello obvia la lógica de que el narcotráfico existe porque hay una demanda poderosa.

Gabriel García Márquez en uno de sus artículos dio la voz de alarma, cuestionando los métodos represivos, a su juicio contraproducentes para combatir la droga, impuestos por los presidentes Reagan y Bush: “El resultado, al cabo de 11 años amargos, es la delincuencia a gran escala, el terrorismo ciego, la industria del secuestro, la corrupción generalizada, y todo ello dentro de una violencia sin precedentes. Una droga más perversa que las otras se introdujo en la cultura nacional: el dinero fácil, que ha fomentado la idea de que la ley es un obstáculo para la felicidad, que no vale la pena aprender a leer y a escribir, que se vive mejor y más seguro como sicario que como juez”.

Además del Nobel, otros estudiosos colombianos han analizado con métodos antropológicos y de las ciencias sociales la problemática. Consideran que la actuación de los sicarios es fruto de su rechazo por parte de las elites colombiana. Parte de la tesis de que los adolescentes de los barrios marginados de Medellín desafían con su subcultura la cultura hegemónica de las elites.

El tiempo y la modernidad no han logrado que la sociedad dominante colombiana se desprenda de los influjos que le imprimió en su tiempo el Medievo europeo del siglo XV. ¿Podría, en pleno siglo XXI, prevalecer la cordura y la reflexión, en relación a la aceptación de la histórica sentencia de la CIJ?...

* Médico veterinario.