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Últimamente, supuestos ateos nicaragüenses descubren su misión de rebatir las creencias religiosas, por la vía argumental. Parece que piensen, que creer o no en un ser sobrenatural, sea un problema lógico. Y hacen esfuerzos en revelar contradicciones en un tema que es claramente antropológico, cuyo fundamento se halla en el subconsciente colectivo, que no es en absoluto racional.

Hablamos de creencias o conductas que nacen en un terreno que usa un lenguaje inconsciente, basado en símbolos ancestrales que responden a arquetipos primitivos. Resulta ridícula la pretensión de aplicar la lógica formal, cognoscitiva, para formular contradicciones en esa interrelación compleja de la psiquis humana con los mitos, rodeados de misterios, que maravillan la mente cuando afloran incomprensibles a la propia conciencia.

Bajo esta presunción supuestamente atea, el señor Manuel Fernández escribió un artículo en El Nuevo Diario, el 1 de diciembre de 2012, titulado “El inquisidor de Dostoievski”. Ataca infantilmente a quienes defienden el pensamiento religioso, porque –según expresa– al partir de sus creencias, se separan de un método racional y, además, atentan contra la libertad de expresión, que defiende un “Estado de derecho” (¡).

Fernández inicia su artículo con una apreciación errada, y sin que venga a cuento, sobre el texto del Gran Inquisidor que Dostoievski introduce como un poema de Iván, que lee a su hermano Aliosha, en el capítulo V de los Hermanos Karamasov. Al respecto, escribe Fernández:

“En el sueño delirante de su mala conciencia el inquisidor de Dostoyevski, en Los Hermanos Karamazov, decide echar preso al inoportuno Jesucristo; pues no soporta el reclamo de la contradicción de sus prácticas inhumanas en nombre de la mítica salvación de sus víctimas”.

Tonterías. No hay –como cree Fernández– mala conciencia en el inquisidor porque piense que la salvación sea un mito. Efectivamente, lo que sostiene es que el hombre no es digno de la salvación. O que esta no es para ellos. En cuanto a sus prácticas, considera que son las que mejor corresponden a la naturaleza humana (después de pasar en el desierto, durante años, bajo el ejemplo de Cristo, alimentándose de langostas).

Lo que muestra el inquisidor de Dostoievski es una visión humana de la humanidad. Un conocimiento más profundo del hombre común que el que pueda tener un dios, limitado por su propia naturaleza divina en su relación con una especie llena de apetitos terrenales y de imperfecciones morales.

La venida de Jesucristo como hombre es un fracaso, ya que la perfección divina mal se puede acoplar a la naturaleza humana. Será visto como un ser extraordinario, cuyas limitaciones voluntarias, y su sufrimiento y sacrificio humillante, resultan incomprensibles para el común de los mortales. Es una entidad dual, contradictoria, irrepetible por la humanidad. Su mensaje y ejemplo están dirigidos a seres excepcionales, a dioses. De manera, que tomarlo de guía para el ser humano común resulta, conscientemente, una mentira, un despropósito. Su ejemplo, entonces, debe ser deformado, adaptándolo a la realidad humana. Un hombre que frente a las tentaciones reacciona como dios, no puede ser un hombre, a pesar de su constitución de carne y hueso.

Cristo, prisionero de su lógica divina (férrea ante el Padre), no puede compartir enteramente la penalidad moral de la mísera condición humana, razón por la cual, sus enseñanzas son prácticamente decepcionantes. Por ello, las correcciones que a lo largo de ocho siglos se le han hecho, con lucidez mundana, a su mensaje, no deben sufrir contradicción; a pesar que estas correcciones deformen la esencia de sus enseñanzas, dirigidas exclusivamente a seres extraordinarios.

Coherentemente, el inquisidor no puede permitir que una nueva venida de Cristo reviva su mensaje original ante el hombre común. En tal caso, él, el Gran Inquisidor de Sevilla, se encargará de condenarlo, con plena consciencia, a la hoguera, al día siguiente de su venida.

Cristo escucha al inquisidor, mientras con su mirada profunda y dulce lee anticipadamente su alma. Al final, como única respuesta, le besa, haciendo que este (que en los actos de fe, con mano firme, había condenado a la hoguera a miles de herejes) se sobresalte en presencia del mensaje original; y que desconcertado por la actitud divina, abra la puerta de la prisión y pida a Cristo que se vaya.

De pronto, el Gran Inquisidor comprendió que su sistema ejemplar –que ofrece cadenas y pan– era adecuado para asistir al hombre imperfecto; pero, no era apto para juzgar a Dios. Así, el contacto entre lo divino y lo humano es conscientemente insostenible, desde ambos sentidos.

* Ingeniero eléctrico.