• Managua, Nicaragua |
  • |
  • |
  • elnuevodiario.com.ni

El cuerpo que me interesa, el que me preocupa; no es un cuerpo visible, es el cuerpo que nos intercepta y que interceptamos, es el cuerpo compartido.

El ser humano habita una serie de espacios y cuerpos de manera simultánea, esta contraposición y complementariedad de lugares y de no lugares como diría Auge, incrementa las posibilidades de conflicto, negación de lo otro y quiebres.

Las formas más positivas y nutritivas de convivir con esta multiplicidad no es una de las capacidades adquiridas del ser humano. A la humanidad le fascina determinar una forma, un sentido, un pensamiento. Ama encasillar, categorizar y vigilar todo aquello que se atreva a salirse de estas líneas marcadas. El humano juzga y lo hace en exceso.

La categoría causa placer, comodidad y seguridad. La determinación permite ser dentro de parámetros limitados, pues no intenta ser pauta de cambio ni de caos, sino principio de orden y control. La norma y la categoría van de la mano, se alimentan mutuamente y copulan detrás de la puerta de la prohibición.

Para aquellos que empiezan a percibir la nada, esta categoría genera conflicto, alergia e insatisfacción y es cuando urge caminar por otros rumbos, probar otras posiciones y enredarse en otros sentidos.

La construcción de sentidos es clave para la colectividad, lo que ocurre es que cuando los sentidos de unos pocos pretenden ser los legítimos, se puede hablar de cualquier cosa menos de compartir sentidos. Se trata de imponer, legalizar y reprimir sentidos.

La construcción de sentidos empieza en el cuerpo, en el espacio que se habita, en los lugares que se ocupan. Los cuerpos entendidos como pautas de construcción de significados, impulsan el pensamiento a una configuración de la realidad que trasciende de la intimidad personal y se conecta de manera profunda con la intimidad social, esa que es colectiva, múltiple y diversa.

Desde los modelos de crianza se enseñan significados únicos, sentidos totalitarios y percepciones maniqueístas sobre cuerpo, identidades y relaciones. Estos aprendizajes primarios influyen en la forma en que se entienden las realidades, los espacios, las experiencias y las vidas de otros/as, como se interpretan las similitudes y las diferencias.

En el esquema de pensamiento único, de verdad pura; la diferencia es mal vista, es entendida como una versión desmembrada de la norma, una corporalidad mutilada de valor y de sentido. La disidencia es condenada por ese ojo social que no reflexiona sino que repite de manera incesante los parámetros con que aprendió a medir, a juzgar y a categorizar lo propio y lo ajeno, íntimo y compartido.

Los espacios son configurados desde el ojo diferenciador. Estos espacios no solo son globales, sino particulares, consisten en la manera de relacionarse con la cama, la silla, la forma de sentarse, el roce con la ropa interior, la sábana, la almohada. También conectan con la ocupación de los lugares-casa: los cuartos, el baño, la sala, el porche, el patio, la cocina, que se ubican en cada punto, en cada locación.

Esta lógica de la mirada diferenciadora y categorizante atraviesa incluso el espacio onírico, la imaginación, la creatividad, las fantasías. Las categorías invaden el subconsciente, de hecho es su lugar preferido para alojarse, las tensiones más importantes de las identidades, de los cuerpos y del deseo se encuentran con estas imágenes estáticas de la realidad en el interior de las conciencia, de los sueños y de los miedos.

La diferenciación no deja pasar nada; los cuerpos, las identidades y los espacios siempre están siendo vigilados, sea por el ojo estatal, por el familiar, el religioso, el educativo, el político, el económico o el íntimo.

http://gabrielakame.blogspot.com/