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He cumplido ya cuarenta años de vida con una matagalpina, graduada en Física y Matemáticas, que controla mi locura literaria. Ella me dio cuatro capitalizaciones genéticas: una abogada y docente universitaria (Emperatriz Alejandra), una administradora de empresas (Consuelo Paulina), una dentista (Verónica Lucía) y un ingeniero industrial (Héctor Alberto).

Tengo ya asimismo otros cincuenta años de haber definido y practicado —con más que menos sistematicidad— mi vocación por la escritura. Mejor dicho: desde 1963, antes de bachillerarme, comencé una carrera que, si bien no me ha producido apreciables bienes materiales, ha calmado y colmado mi espíritu. En ese sentido, nunca me faltó el alimento cotidiano: la lectura, los libros, la pasión por la historia, el amor a Nicaragua, la constante persecución de Nuestra Señora la Belleza.

Además, dos dones me fueron otorgados: el de la Amistad fecunda y el del Aprendizaje permanente. He proclamado la primera en un poema traducido a varios idiomas, entre ellos al Esperanto, y del segundo me he beneficiado en grado sumo, y continúo en ese discipulaje, a través de grandes maestros de humanidades, los cuales sería largo enumerar. En su momento dejé reconocido y pagado hasta cierto punto el tributo que merecían. Uno de ellos, a quien identifico como patriante, acaba de recibir un múltiple homenaje en su centenario natal.

La ocupación laboral decorosa nunca me ha faltado. En cátedras, bibliotecas públicas y asesorías intelectuales he volcado mis energías, ganándome la vida. Por dos años, sin que yo lo solicitara, un noble amigo me nombró jefe de una misión diplomática de mi país en otro cuyo lema de su himno nacional es: “Por la razón y la fuerza”. Precisamente estoy escribiendo estas líneas en ese país del Cono Sur, siguiendo las huellas del mayor de mis dioses tutelares —Rubén Darío— y renovando gratas vinculaciones.

También muy gratas y gratificantes han sido mis incontables experiencias literarias. Revistas y recitales, direcciones de monografías y ediciones de otros autores, biografías y prólogos, reseñas y bibliografías, ensayos e investigaciones, panoramas históricos y análisis críticos, narraciones y novelas cortas, artículos de opinión y reportajes especiales, repertorios y diccionarios, simposios y congresos, presentaciones y discursos, etcétera, han sido los productos de esos desvelos lúcidos e intensas horas de estudio.

En cuanto a los viajes para despejar y enriquecer la mente, no puedo quejarme. Toda Centroamérica y Panamá, México y Estados Unidos, cinco países de Sudamérica, Puerto Rico, Japón, Alemania (donde viví seis meses), la ex URSS, Francia y mi formadora y deslumbrante España han sido mis destinos. Más de 50 veces he cruzado el Atlántico.

No puedo omitir en este recuento que procedo de una familia excepcional. Mis progenitores procrearon una docena y media de hijos. Cuatro fallecieron en el terremoto del 72 con mi abnegada madre excelsa. A todos ellos —y a nuestros antecesores— les dediqué las páginas más entrañables que he redactado.

Desde luego he padecido crisis de diversas índoles y sufrido decepciones, conflictos y otras desavenencias; pero la tiranía del rostro humano hasta ahora no me ha sometido, ni las enfermedades han logrado doblegarme. Un médico de auténtica fibra científica y naturaleza humanista (Eddy Zepeda) cuida empeñosamente de mi salud. Y todavía creo tener el mal gusto, para muchos, de confiar en una fuerza suprema que rige nuestra existencia.

Por todo lo señalado —y otros dones que se me quedan en el tintero— yo también puedo exclamar, como Violeta Parra, “gracias a la vida, que me ha dado tanto”.

 

Santiago de Chile, 25 de noviembre, 2012.