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Se quejaba porque no podía dormir sobre sus sueños, y a veces cuando no compartía sus aventuras de la noche, se sentía solo, pero al final del instante, por una rareza que solo la vida puede matizar, estaba acompañado por una fuerza que renunciaba casi siempre a sus huesos.

Dije algo extraño, pero la verdad es que se hizo una costumbre de casi todos los días, y más evidente en los marzos de lluvia con la luz desenfrenada y siempre por la noche.

Jorge Alfredo Cardoso, “el poeta de las mañanas”, así le decían los comensales de la única comidería de la calle de “La Sabiduría” (toda una conquista de la ciudad) para darle a su presencia una circunstancia poética, irónica y más humana, porque el hombre de pequeña estatura y dientes pequeños, parecía que sucumbía en sus propios huesos largos, desmesuradamente blancuzcos y fríos.

Cardoso decía que a veces se le calentaban tanto los huesos por no poder dormir, que vomitaba palabras de oro y dientes de fulgor. Nadie le creía, y no parecía importarle el desafío de sus enemistades, que poco a poco fueron cambiando de pensamiento y se ubicaron en el descrédito de los parroquianos que frecuentaban los bares pintados preferentemente de azul marino, y que se reunían para aprovechar los tragos a mitad de predio de los “miércoles de nostalgia”, servidos por meseras a quienes se les notaba la falta de sueño en brazos y rodillas.

Todo eso a Cardoso Petrel le entusiasmaba como a un joven con la costumbre de tener años de gimnasia con mujeres hermosas y acaloradamente busconas de la suerte. Sin duda, todo esto caía bien a su imaginación; al poeta de varios libros de prosa, una novela, un libro de testimonios y abundantes artículos en la prensa local e internacional.

Se sentía socorrido, y por tal estímulo en cuestión de segundos se inventaba un rincón, el más oscuro para tomar notas y apresuradamente escribir un ensayo, una carta de amor o un párrafo donde se regañaba a sí mismo por no poder conciliar el sueño como todo inmortal, que quería beber más de la realidad y poco del infortunio.

Jorge Alfredo, para demostrar que no estaba angustiado por lo mínimo que le ofrecía la pasión de sus palabras, se mandaba a hacer discursos de todos los ritmos y de todos los colores para llegar al sueño con otro cuerpo y otro semblante de mejor prosa y mejor oído y no acabar con su vida.

* Poeta y periodista