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Identificado desde los primeros estadios de la humanidad y ponderado particularmente a partir del gran Sócrates y sus seguidores, el humor tiene su asiento en la Medicina con la teoría hipocrática de los “cuatro humores” - reforzada posteriormente por Platón y Aristóteles y los “peripatéticos” y refinada después por Galeno y aún difundida ampliamente por otros como Avicena- centrada en la idea de que la personalidad y el carácter de los seres humanos estaba basado en los humores, con lo que nos ofrecían la primera clasificación de los individuos en función del rasgo predominante de su temperamento: los individuos con mucha sangre (sanguíneos) eran sociables, amantes de la alegría y la música; los otros, con mucha flema (flemáticos), eran calmados y propensos a la holgazanería; aquellos con mucha bilis eran coléricos (coléricos) y violentos, y los que tenían mucha bilis negra eran melancólicos (melancólicos) y meditabundos. Para evitar todo tipo de enfermedad tanto del cuerpo como del espíritu, sostenía Hipócrates, debía existir una perfecta armonía entre estos cuatro humores.

Pero el humor es un fenómeno tan humano y ancestral como el miedo o el instinto. Se cuenta que surgió con el hombre desde el comienzo de los tiempos, cuando representó satíricamente la imagen de un animal en las paredes de una cueva prehistórica. ¿La razón? Nunca lo sabremos exactamente. Es probable -así lo consideran los especialistas- que aquellos intentos de “humor primario” constituían un medio de sobrevivencia ante una naturaleza salvaje y hostil. Un recurso que, aun cuando ha ampliado sus propósitos y funciones sociales, sigue vigente hasta nuestros días (“Mi sonrisa es mi fuerza, y es mi máscara”, decía Rufino Blanco-Fombona) convertido en un expediente que procura “disimular” las vicisitudes de la vida, como nos recuerda Kant: “Voltaire dijo que el cielo nos había dado dos cosas para equilibrar las numerosas desgracias de la vida: la esperanza y el sueño. Podría haber añadido la risa”.

Pero es indudable que también el humor cumple otras funciones sociales, como poner en evidencia y valorar determinadas virtudes de algunas personas o de grupos humanos, pero sobre todo ridiculizando los defectos, como esta expresión humorística de Chesterton: “Si el vino perjudica tus negocios, deja tus negocios”. O esta de Winston Churchill: “La imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser. El humor de lo que son”.

El contenido humorístico de una expresión, decía Chaplin, tiene como condición que esté a favor del débil y no del fuerte. Pero del humor conocemos varios tipos: humor negro, político, absurdo, humor como crítica social, y discriminatorio, del cual se distinguen el sexista, el minoritario, el racista y otros, como este: “Si una mujer conduce bien, es hombre”. O este otro: “Si es hombre, es bruto”.

André Comte-Sponville afirma: “Se puede bromear acerca de todo: el fracaso, la muerte, la guerra, el amor, la enfermedad, la tortura. Lo importante es que la risa agregue algo de alegría, algo de dulzura o de ligereza a la miseria del mundo, y no más odio, sufrimiento o desprecio. Se puede bromear con todo, pero no de cualquier manera. Un chiste judío nunca será humorístico en boca de un antisemita. La ironía hiere, el humor cura. La ironía puede matar, el humor ayuda a vivir. La ironía quiere dominar, el humor libera. La ironía es despiadada, el humor es misericordioso. La ironía es humillante, el humor es humilde”. Sin embargo, la afirmación del filósofo francés no es del todo cierta, porque no toda ironía es cruel, ni es siempre una forma despiadada de hacer humor, tal vez un humor hiriente, que no repara en criterios éticos con tal de hacer reír:

-¿Tienen en esta librería “El hombre, el ser más perfecto de la tierra”?

-Lo siento: no vendemos libros de ciencia-ficción.

A veces, el mejor consejo es el que proviene de un chiste y no de una formulación teórica, como este de Óscar Wilde: “Perdona siempre a tu enemigo. No hay nada que le enfurezca más”. Por eso afirma William Davis que el mejor humorismo es el que hace reír cinco segundos y pensar diez minutos:

-¿Es cierto que ustedes son aficionados a lo ajeno?

-No. ¡Somos profesionales!

Redefinido como un método de defensa ante la soberbia humana, el humor nos deja ver una de sus facetas más impresionantes y afiladas. Woody Allen, ante la mentira de los “lectores voraces” y expertos en “lectura veloz” deja caer esta crítica mordaz: “Leí “La guerra y la paz” en veinte minutos. Es acerca de Rusia”.

Es la virtud del humor, un recurso revelador de lo que muchas veces escondemos: “A veces una broma, una anécdota, un momento insignificante -nos dice Plutarco- nos pintan mejor a un hombre ilustre, que las mayores proezas o las batallas más sangrientas”.

 

rmatuslazo@hotmail.com