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¿Se imagina usted llegar a los 70 años, al umbral de la vejez, sin afectos correspondidos ni llamadas telefónicas que le respondan, ni perro que le ladre y le ahuyente la nostalgia? ¿O envejeciendo junto a los muebles de la casa como un chunche viejo, como un vil objeto inservible que nadie ocupa, mientras la poca vida que tiene se le escapa por el desaguadero de la indiferencia?

Creo que no se lo imagina ni por favor se lo imagine. Pero millones de hombres y mujeres sufren el tsunami de la edad. Una vez llegaron a ser reyes y reinas de sus casas, brillaron como el oro, manejaron un hogar, sembraron varias semillas, abonaron en tierra fértil o seca y construyeron una familia.

Luego vino el tiempo, los hijos crecieron, se casaron, abandonaron el nido, y la soledad comenzó a crecer como polilla en la ventana de su casa. Entonces quedaron solos y abandonados como los muelles en el alba. Muchos de ellos masticando soledades en viejas mecedoras, leyendo periódicos viejos, viviendo del recuerdo y la nostalgia, y otros luchando en las calles por sus derechos como jubilados en una sociedad que los rechaza y que les muestra cada día los dientes de la indiferencia.

Esta es la historia trágica de miles de hombres y mujeres que la sociología llama personas de la tercera edad, y que son nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros suegros o nuestras suegras.

Cada uno de ellos y ellas es un tesoro olvidado, un libro abierto donde está escrita la vida, una historia que contar, una experiencia que transmitir.

A mí no me gusta llamarlos personas de la tercera edad. Prefiero llamarlos los reyes destronados. Los que perdieron el reino porque la ley de la vida así lo dispone. Los que dieron amor y lo perdieron. Los que dieron su sangre y esta se difuminó en la familia, perdiéndose su rastro en las sombras generacionales.

Primero fueron hombres y mujeres de éxito o esforzados. Luego, con el tiempo, cambiaron sus roles y se convirtieron en los abuelos y abuelas, en los malqueridos suegros y suegras, o en lobos solitarios que defienden con orgullo su antiguo pedigrí social.

Generalmente, dan mucho que hacer. A veces amanecen huraños, otras veces eufóricos. Algunas son abuelas amorosas, otras son suegras cómplices o conflictivas. Unas son tiernas, otras son hoscas. Pero así es la edad de oro.

Muchos de ellos ya educaron a sus hijos, ya tuvieron sus minutos de gloria y ya trazaron su senda por la vida. Pero, ¿qué pasa? La sociedad los separa indirectamente como si tuvieran una enfermedad terminal.

Los mismos hijos construyen un muro entre ellos y sus padres. Pongo un ejemplo. Si un abuelo o abuela llega a tener un lugar en la casa de sus hijos, es al fondo del patio, allá cerca del desván, donde se guardan los calaches viejos. tro ejemplo: Si los hijos salen a pasear, el abuelo no alcanza en el vehículo porque representa un estorbo, en cambio la mascota tiene asiento especial.

Es extraño, hoy día, pero muchos hijos y algunas hijas no honran a sus padres, pretendiendo ignorar que fueron ellos los que dieron su sangre y sus vidas para fundar una familia de la cual se sienten orgullosos.

Hay muchos que pasan por alto los sacrificios, los esfuerzos, los riesgos y hasta las humillaciones que tuvieron que pasar por garantizarles su salud, su educación, su futuro.

Creo, por eso, que nuestros padres y abuelos merecen una compensación. Ellos lo dieron todo, cuando se trataba de dar lo mejor de sus esfuerzos. Algunos están enfermos y necesitan un poco de amor y cariño. Necesitan ser mimados como niños, a pesar de que algunos sean malcriados y gruñones. Necesitan saber que los quieren, que todavía son un tesoro en nuestras vidas. Que fundaron un reino: la familia. Que no son imprescindibles, pero son siempre necesarios. A ellos y ellas les gusta que les susurren al oído una canción de cuna, una palabra de esperanza y una declaración de amor, mientras se acerca el día y se marchan.

* Periodista y escritor

felixnavarrete_23@yahoo.com