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Somos hombres y mujeres de números y letras. Con frecuencia estudiantes y docentes preguntan: ¿Tienen alma los ingenieros? ¿Son capaces de amar los matemáticos? ¿Pueden hacer poesía los biólogos? ¿De qué viven los filósofos? O en la otra vertiente, ¿tienen alguna aptitud para el razonamiento duro y puro, aunque sea mínima, los románticos poetas? Preguntas que se vuelven misterios, inmensas dudas, enormes prejuicios. Los poetas chocan contra calculadores puntuales. Los científicos encallan versus soñadores.

La matemática es considerada antípoda de la poesía. Sin embargo, ambas tienen una estrecha relación de parentesco, porque las dos son hijas de la imaginación. La poesía es creación, ficción al cien por ciento y la matemática ha sido definida como la más sublime de las ficciones.

Sin embargo, la relación entre estudios matemáticos y expresión poética se estudia poco, se ignora, se menosprecia. De juntarse el verso sublime con las cifras maravillosas, tendríamos un amor súper sublime. Para el matemático, la poesía es una fruta muy sabrosa, pero pecaminosa y vacía, inútil, si no hay un goloso que la disfrute.

Los sentimentales creen que las fórmulas y la exactitud teórica intoxican el alma. Pero estos malentendidos nacen de la mala fe de la gente. Estiman que el romance entre números y expresiones líricas, entre rimas y ecuaciones, tendría consecuencias anti-sistémicas catastróficas.

Muy notoria fue la preponderancia que el número adquirió en las reflexiones de Pitágoras de Samos que fue filósofo y matemático, esotérico y vegetariano, pero no llego a poeta. Nunca se puede ser perfecto. Durante siglos, sus discípulos identificaron el inicio del Universo con el Uno, primero de los números. Parece poco, pero si eres el primero, el número uno en decirlo, estás en la historia.

La concepción del Universo era según las corrientes filosóficas de Grecia, un mundo explicable de acuerdo con relaciones numéricas establecidas y ciertas formas geométricas, a las que se podían referir las estructuras de todos los seres. Había ciudades de ensueño con cuadrados, triángulos, óvalos, números y columnas hexagonales por dondequiera.

Por suerte, las dos disciplinas tienen mucho que compartir. Tienen puntos en común que finos análisis de escritorio y aun la práctica de la bohemia, tan reveladora y sincera, han podido desenmascarar.

Ambas se generan a partir de un anhelo común por el conocimiento y un deseo típicamente humano de navegar incesantemente hacia nuevas metas, en medio de mares escabrosos y tempestades sin cuento.

El aprendiz, el individuo que cuestiona y pregunta es el que goza al perder la brújula, por torpe o por curioso. Es el que se activa paulatinamente para mover la utopía del conocimiento cada vez más hacia adelante, para que un fin no sea un final. Aunque hay límites, la aventura es reconocerlos.

Poesía y matemáticas se hermanan en esa hazaña. Matemáticas y poesía son ambas producto de la imaginación, del desfase interior y de una fértil intuición. Se concretan en forma y expresión gracias a la síntesis del individuo, por su anhelo de explicar y de comunicar

Otro elemento de conexión amorosa entre matemática y poesía está en la naturaleza musical y rítmica, proporcionada de muchos poemas, especialmente los darianos.

Muchas veces siguen formas métricas precisas, relacionadas con los principios matemáticos que también regulan la disposición de las siete notas del pentagrama.

Schopenhauer ve la poesía como una abstracción matemática que, gracias a su intrínseca esencia musical, puede y quiere elevar al hombre hacia un mundo de perfección.

Por último dijo que las dos se quieren y se complementan. Por eso es necesaria y conveniente la creación de círculos literarios en todas las carreras científicas. Así sea.

 

* Docente universitario