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Mahmud Abás, el presidente palestino, con esa voz de encantamiento que le permite el árabe, pronunció su discurso ante la Asamblea de la ONU con la franqueza de la realidad: “La paz entre Israel y Palestina pasa por el reconocimiento del Estado Palestino”. Esto fue suficiente para que los representantes de 138 países le otorgaran no solo un aplauso masivo en pie, sino el voto necesario para que por fin se aceptara a esta nación como Estado observador en el seno de la ONU.

Horas antes, tras discusiones bajo mesa y secretos tontos enviados, EU quiso obstaculizar la inevitable aprobación, pero ya no pudo. Logró desde el Consejo de Seguridad, el año pasado, ganar tiempo al vetar la propuesta árabe que proponía a Palestina como Miembro de Pleno Derecho, pero solo ganó eso, tiempo, porque Palestina se merece el derecho de ser el país que siempre fue. El mismo tiempo recobrado lo dirá.

El planteamiento de su representante fue torpe y en rebeldía con la razón. Por su parte, Israel, tras conocer la resolución de la ONU, respondió con el despojo de los impuestos palestinos que ellos recaudan, y con la construcción de más viviendas en los territorios que ocupan descaradamente desde hace casi 70 años.

La misma acción que desató esta guerra desigual entre ambas naciones. El segundo ejército mejor armado y sofisticado contra un exiguo pueblo que lucha con armas artesanales.

Una confrontación que se ha cobrado la vida de miles de palestinos que no hacen sino defender su derecho a la existencia. El mismo que los judíos esgrimieron durante la Segunda Guerra Mundial y que parece les ha dado inmunidad contra el genocidio.

Duele ver cómo Israel viola todos los tratados de derechos humanos aceptados mundialmente y que él mismo exige cumplan los demás. Aunque lastima más observar la forma complaciente con que la comunidad entera le permite todo tipo de atrocidades: asesinatos selectivos y masivos; bloqueos inmisericordes; avasallamiento, geofagia y un largo etcétera.

Aún revuela en Internet la imagen del niño palestino de diez meses agujereado de pies a cabeza, pero con los ojos abiertos, como si quisiera atrapar la vida que se le escapó por los orificios de la incandescencia judía. Las calles cubiertas del polvo por la destrucción de los edificios, los escombros y el miedo, más denso que el humo.

El término holocausto, referido especialmente al padecido por los judíos, ha sufrido una resemantización sangrienta y no lingüística, y ahora se refiere al que experimenta Palestina cada día.

El triunfo palestino en la ONU es apenas el inicio del largo y sinuoso camino hacia una paz duradera entre ambas naciones, mismo que se ha visto saboteado por los mismos israelíes que buscan cualquier excusa para mantener, despóticamente, el control de los territorios ocupados.

Hasta el mismo Estados Unidos ha presionado a Israel para que cese la construcción de viviendas en suelo palestino, pero al parecer, y a vista de todos, le importa poco lo que diga o haga el mundo entero. ¿Qué tan importante puede ser la palabra judía entre el mar de la conciencia? Nadie parece saberlo.

Lo que sí sé es que un murmullo, por más leve que sea, puede derribar los más grandes obstáculos si lo que expresa es la verdad de su justicia.

No hay que dejar escapar esta oportunidad de salvaguardar el derecho de Palestina a su existencia sin adjetivos. Resulta inverosímil ver que un país que sufrió las bestialidades de la guerra las aplique a otro. Entonces, si Israel no lo puede ver, hay que hacérselo saber: Palestina ya ganó.

 

* Escritor y docente universitario