Ernesto Aburto
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El agua y el fuego son elementos que, conjugados con el descuido de los padres y madres de familia, resultan fatales para la niñez nicaragüense durante la temporada de balnearios y las explosivas fiestas decembrinas de cada año.

Pero esta vez, frente al repunte de la accidentalidad infantil por quemaduras de pólvora que nos viene en este mes, es indudablemente válido y absolutamente útil recordar que padres y madres están suficientemente advertidos e informados por la experiencia de otros años y otros casos, sobre este peligro que es de rango continental latinoamericano.

Por ello, si no cuidan oportunamente a sus hijos en estos días con el manejo de la pólvora, están expuestos a lamentar una tragedia, y en consecuencia –como sucede en varios países- hasta pueden recibir una sanción legal por irresponsabilidad y negligencia criminal.

En Honduras parece que ya se persigue penalmente a los padres de niños quemados de pólvora, mientras en Colombia, por ejemplo, un reciente debate ventilado en la ciudad de Medellín hablaba de despojar legalmente de la patria potestad a esos adultos descuidados.

Si los menores de forma espontánea rechazan la pólvora, ¡bendiciones!. Pero si se adhieren a la tradición nacional de reventar petardos y lucecitas de colores, la solución no está en prohibirles que manipulen tales explosivos, porque eso los empuja a burlar la vigilancia de sus padres, y de todas maneras, lo harían a escondidas con sus amiguitos de la familia o del vecindario, lo cual es igualmente peligroso.

La solución entonces es que el padre o la madre impongan normativas sobre el momento y la forma de reventar cachinflines, tiquitracas, morteros y arbolitos de luces, entre otros. Es decir, estar siempre presentes a la hora convenida con los niños y niñas para la reventazón, darles entrenamiento para hacerlo con seguridad, vigilar que nunca porten objetos de pólvora dentro de sus bolsillos, y que la bolsita de mano en que los portan esté siempre separada de la fuente de calor, sea esta fósforos o tizones.

Porque no hace falta que el petardo haga contacto con una fuente de calor para que se encienda y estalle. A veces basta con que una mecha friccione con la otra, y eso debe tomarse muy en cuenta. Y una vez que se acabe la cuota de explosivos para esa noche en particular, y el tiempo para estallarlos, nadie más vuelve a tocar uno. Los niños van a jugar en otra cosa, y los padres a ocuparse de sus quehaceres o simplemente a divertirse.

La cuestión es disciplina, entrenamiento, acompañamiento y orden. De ese modo no habrá largas noches de acompañamiento doloroso al niño o niña que llora de ardor sobre su camita de sala de quemados en hospitales infantiles, donde la terapia incluye frecuentes procedimientos de limpieza de llagas, todavía más dolorosos.

Estas reflexiones fueron escritas antes del día de La Gritería. Ojalá que entonces no haya habido víctimas infantiles, y que las precauciones aquí recomendadas ayuden a evitar futuras laceraciones de piel y amputaciones de manos. Y ojalá que la responsabilidad de los mayores impida que se disparen las estadísticas del dolor en Navidad y Año Nuevo.

Sabemos de padres y madres que se divertían con otros adultos en la playa mientras sus hijos jugaban solos en la tumbazón, o nadaban en la piscina, hasta que los gritos de otros nos atraen la atención, solo para ver la cabecita del pequeño que se pierde arrastrada o sumergida en el agua.

Asimismo, sabemos de tutores que se divierten de lo lindo en las mesas hogareñas repletas de licores, bocadillos, chistes y carcajadas, hasta que uno de sus menores hijos entra gritando y con la ropa encendida.

Conocemos eso y en la mayoría de los casos ni siquiera nos preocupamos, porque creemos que son cosas que le pasan a otros, pero no a nuestra familia. Y de esa confianza se aprovecha la tragedia.

Porque “si no queremos aprender las lecciones de la experiencia ajena, la vida se encarga de enseñárnoslas…pero nos cobra caro”.

 

* El autor fue cofundador, periodista y editor de El Nuevo Diario.