Leonor Alvarez
  •   Managua, Nicaragua  |
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La opinión pública de este país cada día más se va desinteresando de la vida política. Existe frustración y desconfianza. Es manifiesta la falta de credibilidad del pueblo en los partidos políticos. Desde hace mucho tiempo estamos construyendo una de las formas más degeneradas de la democracia: la partitocracia.

¿Qué es la partitocracia? En la partitocracia los partidos políticos son minorías organizadas burocráticamente que derrochan sus actividades de tertulia y oficina en tensiones encaminadas simplemente a conseguir o mantener algún trozo de poder y a tratar de distribuir cargos y encargos entre los titulares de sus órganos internos.

Inclusive los diputados reciben los cargos y los encargos, no de los electores sino de las oficinas de los partidos, del mecanismo de las candidaturas, es decir, que reciben la representación de sus contertulios; de la misma clase de políticos profesionales a la que pertenecen. Por consiguiente, el voto de los electores, en el ámbito de semejante mecanismo, pierde todo valor determinante y se convierte en el último anillo de una cadena de ratificaciones clientelares automáticas arrastrada por una decisión de vértice.

Cuando el pueblo, cuando los electores se sienten reducidos a instrumentos ciegos, empieza la falta de credibilidad; comienza la frustración. Esto explica el hecho de que la burocracia partitocrática siempre ha sido incapaz de encauzar estados de ánimo emotivos, de descontento e inquietud ciudadana. Por esta razón, la cantinela del burócrata partitocrático, la amenaza de movilizar al pueblo, suena a cierre de discurso, al decir de Marcuse.

En la partitocracia, los dirigentes partitocráticos, principalmente de partidos de una “oposición” que no existe o de partidos “degenerados” que padecen de incurables enanismos crónicos, son conducidos por una fuerza psicológica irresistible a concebir la política como una profesión lucrativa. Naturalmente que, como admiradores de Drácula consideran que la yugular es más importante que el trabajo; más importante que la moral, y por ende, más importante que el sentido jurídico de la vida pública, pues les vale un pito el peligro de que la política acabe con el derecho. Esta actitud, esta mentalidad, forma parte de la personalidad partitocrática. Y es que en la partitocracia, los partidos están por encima de la ley.

Yo pienso que algo debe hacerse para evitar el desarrollo de la partitocracia. Yo creo que mientras no se establezcan leyes que acaben con partidos políticos que no existen, mientras no entren en vigencia disposiciones legales que coloquen en su justo lugar a partidos políticos “opositores” que no se “oponen” a nada, y mientras no exista una legislación que garantice realmente, y no formalmente, la organización democrática interna de los partidos políticos, en el sentido de que quede asegurada, garantizada y tutelada la competencia libre e igual de sus afiliados. Mientras esto no suceda, la mayoría de los ciudadanos podrían interesarse, en algún momento, en la vida pública, pero fuera de los círculos partitocráticos. Es de suma importancia que se reflexione sobre este tema.