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Según la Ley 779, “Ley Integral contra la Violencia hacia las Mujeres y de Reformas a la Ley 641, “Código Penal”, violencia psicológica es la acción u omisión destinada a degradar o controlar las acciones, comportamientos, decisiones y creencias de la mujer por medio de la intimidación, manipulación, coacción, comparaciones destructivas, vigilancia eventual o permanente, insultos, amenaza directa o indirecta, humillación, aislamiento o cualquier otra conducta que implique un perjuicio en la salud mental, la autodeterminación o su desarrollo personal”

La violencia acústica, forma de violencia ejercida a través del sonido (F. Miyara), es una de esas otras conductas que pueden perjudicar la salud, intimidar, degradar, destruir, humillar. Dice el principio de no violencia: “La violencia contra las mujeres constituye una violación de las libertades fundamentales limitando total o parcialmente el reconocimiento, goce y ejercicio de los derechos humanos”. ¿Y por qué será necesaria una ley para no gritarle a la mujer?

Recuerdo tres hechos: un niño que se escondía cuando el papá le gritaba a su esposa. Y en otro, era a los niños a quienes maltrataba, pero ellos no hacían caso, sino que también gritaban. El pequeño apenas comenzaba a hablar, no se le entendía, pero utilizaba el mismo tono que el padre. Los gritos no convencen y solo pueden generar más violencia, resistencia o intimidación. Dice la Ley que “en el caso de niños, niñas y adolescentes, no se podrá alegar el derecho de corrección disciplinaria”. ¿Y por qué códigos, leyes, tratados, convenciones, para no gritarles a niños y a niñas?

Pero los gritos no son solo por enojo o una forma de reprender al niño o pleitos entre los padres, también está la costumbre de tirar puertas, el alto volumen del televisor o la música, mientras otros de la familia duermen, leen, hacen sus trabajos. Eso también es una forma de violencia y maltrato, de irrespeto. ¿Es tan difícil bajar el volumen?

En el tercer caso, padre y madre les gritaban, pero no solo era eso, también las palabras: desde estúpido, maricón, chancho, tonto, hasta las peores. Esto ya no solo es violencia acústica, es también “violencia semántica”. Entonces, no son solo los gritos, los golpes en la mesa, los platos contra el piso, los portazos; también las palabras, el tono y el contenido mismo de lo que se dice. Por ejemplo, si le gritan “estúpida”, es más que gritar, es descalificar a la persona, denigrarla, torturarla y hasta destruirla. Si a un niño le dicen constantemente “inútil” probablemente pensará que no sirve para nada. ¿Qué haría usted, varón, si le gritan ¡estúpido!?

Los gritos van afectando la salud y las relaciones, como canta Joaquín Sabina, “y hubo tanto y tanto ruido que al final llegó el final”. Igualmente, afecta la tranquilidad y la formación de niños y niñas, que reproducen esta forma violenta de expresarse, construyendo cadenas hereditarias. Inclusive, esta cultura se transfiere en cada círculo de poder: el jefe le grita al trabajador, el trabajador a la esposa, la esposa a los niños, el mayor al menor; y la descarga, la intimidación, también llegan al perro. La violencia acústica es una herencia cultural dañina. “¿Por qué mi mamá me grita? Los gritos también hieren”, decía un joven.

Por eso, es interesante ver que la Ley contempla medidas de protección y capacitación, y programas de orientación, atención y prevención dirigidos a modificar conductas violentas y evitar la reincidencia. Y sobre todo, que haya instituciones y organizaciones que contribuyen a que esto se haga realidad.

Hay otras formas de violencia acústica: con frecuencia elevamos la voz para imponer un punto de vista. Dicen algunos que así somos, que es parte de nuestra cultura. Hablar a gritos puede ser costumbre, pero a nadie le gusta que le griten y probablemente seamos rechazados junto con nuestro planteamiento. También he visto cómo algunos profesores de danza, teatro, deportes, les gritan a los estudiantes. Y probablemente no sea por el ruido ambiental. ¿Será necesario?

Y a veces también podemos decir palabras en el tono más dulce, o gritar con la mirada o con el silencio; pero esto ya es capítulo aparte.

 

* Profesora, comunicadora y abogada.

doraldinazu@gmail.com