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No es tan fácil definir qué país necesitamos, pero hay algunos requisitos indispensables, por ejemplo, respeto a las leyes e institucionalidad democrática, es decir, un sistema legal que garantice el mío y el tuyo, y que funcionen los tribunales de justicia y los jueces, independientemente de los colores partidarios o de cualquier tipo, de modo que nadie, por muy poderoso que sea, tenga más derechos que otro.

La institucionalidad está directamente sostenida por una actuación con apego a la ley, de parte de gobernantes y gobernados. Las instituciones garantizan la justa aplicación de las normas jurídicas y actúan solo de acuerdo a estas, y no por fines personales o partidarios, pues ellas deben funcionar en el interés de la nación, la sociedad y la gente.

Respeto a las leyes e institucionalidad, se juntan indisolublemente en una sinergia extraordinaria, para garantizar el funcionamiento armónico de todos los integrantes de la sociedad, sin excepción. Estamos hablando de un pilar esencial, fundamental para construir un Estado, de una de sus bases principales, indispensable e insustituible, crucial y decisiva, hasta tal punto, que sin estos aspectos no es posible construir ningún país o nación.

En la Nicaragua seudo-revolucionaria y autoritaria de hoy, constantemente se pisotean las leyes y las instituciones, y ambas son utilizadas para molestar, afectar, sabotear, atacar, intimidar y reprimir a desafectos al régimen político e incluso para inclinar tramposamente la balanza en pingües negocios transados desde las sombras del poder.

Algunas personas en extrema pobreza, o solo pobreza, podrán argüir que no les interesa el apego a la ley y el respeto a la institucionalidad, porque su preocupación fundamental es poder comer un poco cada día, y tienen razón. También podrán decir que el actual gobierno les ofrece algunos paliativos que las hace sentir bien, incluso que las hace sentir tomadas en cuenta, que valen, que pesan, que tienen un lugar en esta sociedad, contrario a recientes regímenes neoliberales insensibles a su sufrimiento y dolor. Y de nuevo tienen la razón.

Sin embargo, sin apego a la ley y sin respeto a la institucionalidad, no es posible crear las condiciones adecuadas para que los niveles de inversión en salud y educación sean congruentes con las altas necesidades de una masa poblacional que urge mejorar sustancialmente en ambos sentidos, no solo obtener paliativos, como ahora, para convertirse en una fuerza de trabajo altamente productiva y muy bien remunerada, sin la cual no es posible elevar el crecimiento económico al menos hasta un siete por ciento anual constante para salir de la pobreza, pues a como vamos, trágicamente solo damos vueltas en círculos, reproduciendo el mismo modelo sin educación, sin productividad, y sin crecimiento económico sostenible al ritmo requerido.

Y ya con esto hemos empalmado el apego a la legalidad y a la institucionalidad, con un cambio fundamental en los niveles de salud y educación, indispensables para el aumento de la productividad del trabajo, un tercer elemento crucial para el desarrollo de un país. Más del sesenta por ciento de los empleos en Nicaragua son informales y de bajísima productividad, ideales para no movernos más que en círculos, aunque cada año aumente la producción y las exportaciones, también las remesas, pero de manera insuficiente y parasitaria.

Según el discurso oficial, estamos “bendecidos, prosperados y en victoria”, pero lamentablemente seguimos en las profundidades del subdesarrollo, inundados de magia, esoterismo, misticismo, religión y astrología, de eternos árboles de Navidad y de engañosas muchas luces multicolores, otra vez sin dar en el blanco, porque el autoritarismo y el populismo no conducen hacia el desarrollo.

 

* Docente, escritor y periodista.