Jorge Eduardo Arellano
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Esta nublada mañana los caminantes iban absortos con el cuento que compartía con ellos el de Managua: “El Reino Socialista de Nicaragua había amanecido de fiesta, pues sus habitantes acababan de ser testigos de la más grande metamorfosis de todos los tiempos. Quizás no habían podido ser testigos oculares, pues por razones de seguridad todo lo que se ventila en este reino es secreto y de exclusiva incumbencia de los monarcas, pero eso sí, tuvieron el privilegio de ser testigos auditivos, cuando los CPC se encargaron de bajarles la noticia de que tenían un nuevo Dios. La historia habla de la tenacidad de un rey que se dispuso a ser lo más grande que ha pasado sobre la tierra y emprendió con ahínco los pasos que conducen a la conquista de la eternidad. Su empeño, que contaba con la aprobación divina a través de la mediación del Cardenal Obando, fue premiado con creces, pues el Capellán de la Monarquía, por medio de un Concordato, logró que el Vaticano reconociera de manera exclusiva e intransferible para el Reino Socialista de Nicaragua, la existencia de dos dioses, uno invisible, para todo el universo y para todos los mortales, y otro visible sólo para los vasallos nicaragüenses.

Con semejante privilegio teológico razón tenían los monarcas en vestir el país de sus mejores galas. Carreteras, calles y andenes habían amanecido inundados de rótulos color chicha con la fotografía del monarca empuñando la mano en señal de preocupación por los pobres del mundo. De su rostro benévolo emanaba algo así como la beatitud a punto de convertirse en santidad. Banderas rosadas ondeaban en todos los edificios públicos: ministerios, entes autónomos, hospitales, centros de salud, centrales de la policía y hasta cuarteles del ejército. Los soldados y policías portaban bufandas rosadas alrededor de sus cuellos y muchos de ellos lucían, orgullosos, la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío sobre sus agitados pechos, temblorosos de pura emoción. Alguien, casi de manera inaudible, contó que el Rey, pese a ser un ferviente aliado de la República Islámica de Irán, no quiso ser Mahoma, aunque en su oportunidad proclamó que sus adversarios políticos éramos mur sid fil ard (Corruptos de la Tierra) y que en cambio Arnoldo Alemán y seguidores no, pues junto con los CPC de la reina eran Basij (voluntarios leales al régimen).

Dicen que la idea de ser Mahoma se la quitó al rey de la cabeza la propia reina, al convencerlo que la alianza con Irán no debía de traspasar los limites económicos y políticos puesto que religiosamente pertenecíamos al mundo occidental y cristiano. Ni que decir que un feliz Cardenal premió, como ya dije, aquella iluminada intervención de la reina la que, probablemente tiene tantas joyas en sus brazos, manos y dedos, como pensamientos sensatos en su cerebro, dicen en la corte personas muy cercanas a su augusta majestad. Convencido pues el rey por la reina de no ser Mahoma sino Dios, los pasos que dio uno tras otro fueron los siguientes: fue declarado Único Fundador Eterno del FSLN, con lo que quedó totalmente borrada del mapa la ilegal categoría de único fundador sobreviviente; fue declarado Caudillo de Nicaragua por la Gracia de Dios, y esta frase acuñada en altorrelieve en monedas de cualquier denominación, y estampada, con su efigie resplandeciente, en billetes y estampillas color chicha. En el escudo nacional el gorro frigio fue sustituido por el rostro sonriente de la reina, y en la parte superior, en lugar del arco iris, la cara bonachona del rey.


Después de que el pueblo se fue acostumbrando a estos cambios en sus símbolos nacionales, el siguiente paso, con motivo de las fiestas patrias en septiembre y de la llegada de Colón el 12 de octubre, fue declararlo Descubridor Espiritual de América y Gran Adelantado y Excelso Continuador de la Independencia de los Pueblos de Nuestra América. Al acto, celebrado en San Jacinto, concurrieron de rosa los más altos mandos de la policía y del ejército; todo el gabinete y embajadores de Nicaragua en el exterior. Tampoco esta vez fue invitado Nicho Marenco, a quien misteriosamente ya le habían robado la tajona como Mayordomo de las Fiestas de Santo Domingo, la que en aquel acto apareció en manos de la reina. Ni este hecho ni el que no se mencionaran a personajes heroicos de la Guerra Nacional como José Dolores Estrada o Andrés Castro, pero sí repetitivamente al rey, mereció comentario alguno de los vasallos ahí congregados. Ante esta tácita aceptación popular y alentados los monarcas por ella, días más tarde el rey fue proclamado, como les expliqué al principio, Dios. El otro Dios a quien, como hay libertad de culto en el reino, sirve y adora quienes quieran.”


luisrochaurtecho@yahoo.com

Jueves, 18 de septiembre de 2008.