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Diciembre, el último mes del calendario anual, es para la Iglesia Católica, desde la celebración festiva de Cristo Rey, el comienzo de su Año Litúrgico, que se inicia con el tiempo de Adviento, como preparación a la solemnidad conmemorativa de aquel dichoso 25 de diciembre de hace poco más de dos milenios en Belén de Judá, del nacimiento en un humilde retablo de nuestro Señor Jesucristo, redentor del género humano siendo ÉL, único camino de salvación.

En los primeros días de dicho mes, como un homenaje a su madre santísima la Virgen María, de manera especial es también el comienzo, en Nicaragua, de la inigualable celebración de Las Purísimas, que datan poco tiempo después de la venida de los primeros misioneros cristianos a esta tierra, y que se ha expandido de forma exuberante por el inusitado crecimiento de la religiosidad popular, por los emigrantes nicas en todo el orbe.

Dándole mayor auge el Dogma Eclesial de S.S. Beato Pío IX el año 1854. Declarándose asimismo la Virgen María: Madre de la Iglesia, y por todos los católicos del mundo en distintas advocaciones, como Reina y Señora. De manera especialísima: REINA DE NICARAGUA. Originándose por ello la pomposa celebración anual de El Viejo, desde los 450 años de haber recibido ese bendito lugar, antes una Villa, la imagen de María como precioso regalo.

Dice la historia que el año 1582 don Lorenzo de Cepeda y Ahumada, hermano de Santa Teresa de Jesús, viniendo de España rumbo al Perú, por el mal tiempo se vio forzado a desembarcar en el puerto que ahora se llama El Realejo; y teniendo dificultades para seguir, a insistencia de la gente del lugar se decidió muy a su pesar a dejar en el pueblecito que ahora es El Viejo, la imagen con advocación de la Virgen del Trono, que ahora la tiene todo Nicaragua.

Así, desde hace 450 años de haber sido traída a Nicaragua, dicha venerada imagen de María, una de tantas advocaciones de la Inmaculada Concepción amantísima madre de Jesús, que siendo también Dios, se encarnó en su vientre purísimo por obra del Santo Espíritu como tercera persona, del sacratísimo misterio Trinitario, y por su infinito amor, además de redimirnos, agonizante en la Cruz nos legó a su Madre Santísima, a los que decidimos identificarnos como sus hijos.

Él, como dueño absoluto del tiempo, de todo lo existente, espera que con la vida y el raciocinio que nos da, acatemos su voluntad, amándonos como Él nos ama y no solo en Navidad, para que alcanzándonos a todos su bendición y preservándonos del contagio del mal, vivamos con la dignidad de hijos suyos hasta que se extinga nuestra existencia. Este es quizá mi utópico deseo para todos en esta Navidad y siempre.

 

* Miembro de Ciudad de Dios y Redemptor Hominis.

migdonioblandón@msn.com