Jorge Eduardo Arellano
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Ética y Libertad de Prensa a simple vista parecieran dos elementos diferentes, pero en realidad se fusionan en un mismo cuerpo, porque sin una conducta moral, sin un ejercicio profesional orientado por valores que promuevan la dignidad humana, no hay libertad de prensa, tampoco libertad de expresión. Esta última es parecida, pero mucho más amplia que la libertad de prensa, la cual está referida sólo a la libertad que deben tener los periodistas y los medios de comunicación social para informar con veracidad.

La libertad de expresión tiene un ámbito mucho mayor que la libertad de prensa, porque es un derecho de toda la sociedad, de todos los grupos sociales, de toda la población, sin mezquinos distingos de ningún tipo. La libertad de prensa contribuye a su realización. A su vez, la libertad de expresión es el fundamento de las demás libertades del ser humano, como la libertad de organizarse, de movilizarse, de actuar y participar en diversas instancias de la vida. Así que, usar la libertad de prensa por medio del ejercicio profesional del periodismo implica una función social, porque se trata de informar con veracidad, es decir, con apego a los hechos y oportunamente. Esta información ayuda a la gente a formarse criterios y a tomar decisiones sobre esa base.

El Arto. 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos consagra la libertad de expresión como un derecho humano: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

Adicionalmente, el Arto. 12 de la Declaración establece el respeto a la dignidad humana: “Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques”. El contenido de este artículo debería ser considerado por quienes desde hace varios meses impulsan en televisión y radio una fuerte campaña de denigración en contra de varias personas e instituciones que no han sido encontradas culpables por algún tribunal de justicia de los delitos por los cuales se les señala de forma difamatoria.

Entre más calidad tenga la información servida por los periodistas y los medios de comunicación social, mayor solidez tendrán las decisiones que tomen las personas, pues estando bien informadas, tendrán menos incertidumbre al decidir y más resueltamente participarán en diversos aspectos de la vida vecinal, comunal, nacional. La libertad de prensa y la libertad de expresión contribuyen de manera decisiva a fomentar la ciudadanía, a que la población no sea solamente una receptora pasiva, sino que participe activamente en la vida del país. Esta dimensión de fomento de la ciudadanía que tiene el ejercicio del periodismo, revela su gran trascendencia, su carácter estratégico, su real dimensión social. La libertad de expresión contribuye decisivamente a la democracia.

Es tanta la importancia de los medios de comunicación social, que ayudan a modelar la conducta de las sociedades, lo cual les confiere un enorme poder, para bien o para mal. Hay otros elementos que pueden fortalecer negativamente este poder, como la concentración de medios que vemos a escala planetaria y que afecta de mala manera el modo en que se recolecta información, se procesa y se comunica a la población. En Nicaragua, aunque hay tímidos procesos de concentración, existe una diversidad de medios y de programas o espacios dentro de esos medios, lo que implica una variada oferta informativa y de opinión con distintos enfoques en beneficio de las audiencias.

Pero el poder creciente de los medios de comunicación social puede conducir a abusos, como efectivamente vemos a diario, sobre todo con la execrable nota roja, por lo que se requieren mecanismos de regulación que no sólo tomen en cuenta a los periodistas y los medios, sino también al mercado, los partidos políticos y el gobierno, porque éstos pueden convertirse en amenazas para la libertad de expresión, como en efecto lo han sido en el pasado, cuando partidos y gobiernos han actuado como factores de hostigamiento, censura, persecución, cárcel y multas a periodistas y medios.

También el mercado es una amenaza a la libertad de expresión cuando grandes y medianas empresas utilizan su pauta publicitaria para incidir en la línea informativa de los medios de comunicación y en la conducta de los periodistas. Algunos gobiernos como el del Dr. Arnoldo Alemán y del actual del comandante Daniel Ortega han tenido una fuerte retórica amenazante e hiriente contra periodistas y medios, y han convertido la pauta publicitaria en un instrumento de castigo y de premiación. Ya hemos llegado al extremo: dos periodistas fueron asesinados en los últimos años.

Una de las amenazas menos mencionadas a la libertad de expresión es la de los mismos periodistas, lo cual ocurre cuando hacemos una mala práctica profesional, cuando hay una subordinación del interés noticioso a intereses partidarios, religiosos, económicos o de otros grupos de poder. Frente a todos estos peligros aparece como la mejor respuesta posible, la auto-regulación profesional mediante la interiorización de un Código de Ética Profesional del Periodista.

La mejor defensa de los periodistas ante todas las amenazas, incluso la propia, derivada de un ejercicio anti-ético, es un ejercicio verdaderamente profesional, lo más apegado posible a los hechos, con la mayor aproximación a la objetividad, lo cual solo es posible teniendo en la conciencia, un conjunto de normas éticas y valores que guíen nuestra actuación. Entonces el Código de Ética Profesional en realidad no es un libro ni folleto, tampoco un archivo digital, el verdadero y único Código de Ética son las normas morales, los valores éticos que conocemos, que interiorizamos en nuestro cerebro, de los cuales nos apropiamos y los asumimos voluntariamente, y nos subordinamos a ellos, permitiendo que nos dirijan en la práctica cotidiana. Esos valores nos dirán si difamar, irrespetar, mentir, ignorar y manipular es hacer el bien o el mal.

Pero, ¿es posible asumir normas éticas cuando ya somos mayores y no las hemos practicado antes? ¿Se puede cambiar? ¿Se pueden evitar los conflictos de interés? ¿Es factible dejar de vender cobertura periodística? ¿Es posible dejar de depender de los poderosos? ¿Se pueden asumir ahora valores que no nos enseñaron o no asumimos en el hogar y en la escuela? ¿Se puede dejar de pedir para la gasolina a alcaldes y diputados? ¿Se puede dejar de realizar entrevistas a conveniencia y mercantilizadas? ¿Se le puede poner fin de un comportamiento corrupto? ¿Se puede dejar de ser venadero?
Obviamente, las respuestas son difíciles y diversas. Es algo sumamente complejo, pero por muy peliaguda que sea la tarea, hay que intentarlo.


(*) Director de la Revista Medios y Mensajes

gocd56@hotmail.com.ni