Jorge Eduardo Arellano
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—“Échenme algo encima, tengo frío”.


Éstas fueron las últimas palabras que pronunció Natividad Canda Mairena cuando era trasladado al hospital Max Peralta, de Cartago, en Costa Rica, luego de recibir más de 200 mordidas durante una hora y cincuenta minutos que permaneció a merced de las fauces de dos perros rottweiler.

A la altura de los codos, Canda presentaba expuestos los huesos, de modo que se había desangrado ante ocho policías costarricenses que, simplemente, miraban el espectáculo sin mover un dedo. Cuatro de ellos permanecieron indiferentes, sentados en la cabina de la patrulla 330 por casi una hora, esperando imperturbables que los perros terminaran su labor asesina.

Natividad Canda era un mendigo nicaragüense, de 25 años, que dormía bajo un puente en Lima Cartago, a quince kilómetros de la ciudad de San José. A las 12:20 de la noche del 10 de noviembre de 2005, Natividad penetró al Taller Romero. El vigilante de turno, Luis Ruiz, al oír ruido, soltó a los dos perros rottweiler. Uno de ellos, “Hunter”, atrapó primero a Canda y lo arrastró 25 metros.


—“Era terrible escuchar a ese hombre pidiendo ayuda”, declaró el vigilante en el juzgado.

A la 1:40 a.m. llegó la policía, pero fue hasta las 2:10 a.m. que Canda sería rescatado por otro mendigo, apodado “Banano”.

Todos hemos visto en los canales de televisión el vídeo de Natividad Canda mordido y sacudido por los perros, mientras los policías, Erick Sánchez Torres y Asdrúbal Luna Zamora, observaban, impávidos, a dos metros de distancia, cómo los perros le desgarraban los brazos por centésima vez. Incapaz ya de un gesto de dolor ni de defensa, parecía que Canda se había resignado estoicamente al tormento. Pero, en realidad, había entrado en shock. No tenía ya la presión sanguínea necesaria para bombear sangre a los principales órganos del cuerpo.

En el vídeo se percibe que más allá del límite de resistencia al sufrimiento atroz, Canda alcanza apenas, en los breves descansos que se tomaban los perros, a girar por instinto su cuerpo boca abajo.

Pedrarias Dávila trajo a Nicaragua el aperreamiento, como suplicio para los indios que osaban rebelarse. Para castigarles usaba mastines de 75 kg de peso, de gran talla y fortaleza, así como lebreles y alanos que, para este efecto, permanecían por días sin alimento. Fernández de Oviedo relata el aperreamiento de dieciocho macehuales del valle de Olocotón, el 16 de junio de 1528. Pedrarias se complacía en presenciar –como haría cualquier policía costarricense- el suplicio de los indios nicaragüenses. Les daba un palo para que se defendieran, pero, pronto los perros tiraban a los indios en tierra, los desollaban, destripaban y comían de ellos lo que querían.

Ese espectáculo de crueldad medieval ha ofrecido Costa Rica, para escarmiento de los inmigrantes nicaragüenses.

En el fallo judicial, dos juezas, Rosa María Acón y Rosibel López, argumentaron así su voto para exculpar a los policías de incumplimiento de deberes y de homicidio simple por omisión de auxilio: que éstos no estaban entrenados para esa situación; que no existían protocolos de procedimientos para que los policías pudieran defender a los ciudadanos ante un ataque de perros; que no había seguridad si hubiesen disparado, que no herirían a Canda, o bien, que los perros heridos no se volverían más feroces.

Y añadían, para mayor redundancia, que el agua vertida por los bomberos no permitía a los policías ver con claridad. Que no se había demostrado que fuese seguro dar en el blanco si se disparaba a los perros. Que no había certeza, aunque se matara a los perros, que su acción salvaría la vida del nicaragüense, ya que no se podía determinar desde qué momento las lesiones de Canda eran ya fatales.

Sólo una de las juezas, Sonia Sandí, rescató la nobleza del pueblo costarricense. Ella pidió para los policías tres años de cárcel por homicidio culposo. Su argumento no se detuvo en detalles hipotéticos, como los de sus colegas (que, por desgracia, intentaron, con este precedente legal, reglamentar la cobardía como un trámite burocrático), sino, que fue a la médula de la solidaridad humana, con la sencillez natural que corresponde:
—“Ante la inminencia de la pérdida de una vida humana, cualquier opción era válida. Lo lógico era que se usaran las armas. Para la suscrita, sí hubo omisión culposa por parte de la Policía”.

Con ello, basta.

No obstante, la actuación vergonzosa del sistema judicial de Costa Rica ha obtenido la aprobación de los sectores más reaccionarios de la sociedad costarricense. El observador independiente siente el mismo frío inhumano que exclamara Canda al final de su agonía. Éste, no tanto por las espantosas heridas sufridas, sino, por la soledad que embarga al hombre frente a la cobardía de quienes, por simple humanidad, debieron socorrerle. Y nosotros, por el desamparo de ver la villanía de quienes por racismo se mienten a sí mismos, y echan a los perros su propia fibra humana al juzgar con impunidad el sentido de esta muerte cruel.

Como socialista confío que el sentido básico de humanidad se fortalezca irreversiblemente en la conciencia de los hombres, con la evolución cultural de nuestra especie a lo largo de la historia. Pero, estos valores no sólo se deben cultivar espiritualmente, sino que se deben imponer políticamente como una conquista social.

Por ello, el policía que asesinó a sangre fría, en estos días, a un estudiante en la Paz Centro, cuando éste se dirigía a conmemorar en su escuela las fiestas patrias, no sólo debe ser identificado y presentado de inmediato ante la ciudadanía, sino que debe ser juzgado sumariamente, y recibir al instante, por la magnitud de su crimen, el mayor castigo contemplado en nuestras leyes.