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Cada vez que nos comunicamos elegimos, consciente o inconscientemente, una forma de lenguaje que nos define nuestra condición de usuario de la lengua. ¿Por qué? Porque todo individuo tiene, potencialmente, un registro de las variedades lingüísticas, y al hacer uso de la lengua se expresará dependiendo de ciertos factores, como el momento, el contexto comunicativo, la clase social y el grado de cultura. Y es que cuando nos expresamos, no lo hacemos de la misma manera, pues seleccionamos una “forma de hablar” considerada adecuada al contexto, es decir, a la situación o circunstancia que rodea y condiciona el acto comunicativo.

Cuanto más alto es el nivel cultural de una persona, más registros domina. Un hablante culto, por ejemplo, tiene más registros en su acervo lingüístico, es decir, más “formas de hablar”, de modo que podrá variar de un registro familiar o coloquial cuando conversa con un familiar o un amigo a uno cordial y con cierta formalidad en una entrevista de trabajo o a uno solemne y retórico cuando hace uso de la palabra en un acto público como un entierro de un conocido o una ceremonia de graduación.

Un hablante de bajo nivel cultural, por el contrario, no tiene más recursos que el registro popular o coloquial-bajo, de forma que no hallará manera alguna de comunicarse adecuadamente en aquellos entornos al margen de sus posibilidades expresivas. Y aunque lo intente sólo conseguirá, por imitar imperfectamente a la gente culta, pronunciar algunas palabras como “negocea” (negocia), “cameo” (camello), “piccina” (piscina), interperie (intemperie) y otros casos conocidos como ultracorrección, fenómeno que se produce cuando el hablante interpreta una forma correcta del lenguaje como incorrecta y la restituye a la forma que él cree normal.

En la escritura, ocurre lo mismo. Un escritor, según sus intereses, elegirá el registro popular (Fernando Silva) poniendo en boca de sus personajes esa habla y esa manera de ser que los identifica o describirá un bello paisaje (Pablo Antonio Cuadra) utilizando un registro literario o poético.

La lengua, entonces, es un código compartido. Esa es la base de la unidad. Pero es evidente que cada hablante, en particular, hace un uso individual de ese código. Ahí reside la diversidad. Como ejemplo, tomemos el vocabulario, como variante regional de la lengua. “De pedo” (‘casualidad’) dicen en Argentina y Uruguay, y nosotros en Nicaragua decimos “de chiripa”; “quemarla” es ‘fumar marihuana’ para los nicas, y para los puertorriqueños es ‘dar una palmada en la mano de uno a modo de saludo’; “lempo”, en Costa Rica, es ‘de color moreno’, y en Nicaragua “pálido”; un “traido” para nosotros es una ‘enemistad’, y ‘novio’ para los guatemaltecos y peruanos; un “conchudo” es un ‘sinvergüenza’ para los nicas, un ‘maricón’ para los chilenos y un ‘estúpido’ para los argentinos.

Pero la diversidad, y específicamente la variedad, se evidencia también en el uso de la lengua según el lugar de origen y residencia de los hablantes. Una persona que vive en el campo se diferencia del hablante urbano en el uso, por ejemplo, de voces anticuadas: “vide” (vi), “agora” (ahora), “enantes” (antes), etc.: “Alma, asómate agora a la ventana...”, dice Lope en “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?”, y Mejía Godoy en “La Carmen aseada”: “Por Cristo que sos mi mamita y esto de agorita no puede salir”.

Incluso, una misma persona habla de manera diferente según el contexto en que se encuentre o los oficios que domine: “muñeca”, en pesos y medidas; “tapado”, en una boda; “corbata”, en marinería; “clineja”, en la ganadería; “chompipiar”, en el cultivo del algodón; “pipona”, en el vocabulario del embarazo; “ruteadora”, en la carpintería; “pactismo”, en política; “cachete”, en el cuerpo humano; “corral”, en el lago de Nicaragua.

Y todavía más: no hablan de la misma manera ni siquiera las personas que viven en la misma casa, porque el abuelo dirá “guayabudo” y el nieto “trofeo”; el papá hablará de “chambulines” y el hijo de “billullo”; para la esposa todo será “de muerte” y para el esposo “brutal”; lo que para la mamá es una “guayola”, para la hija es una “cuina”; el abuelo hablará de “corrompición” y el nieto de “charanga”; la mamá le dirá “mi tierna” a la hija, aunque tenga veinte años, y la hija le dirá “mi roquita” a la mamá, aunque todavía se defienda.

En síntesis, no basta solamente el conocimiento de la lengua como sistema en abstracto (estructura, leyes y normas que orientan su funcionamiento), sino el dominio de las distintas realizaciones de este sistema en cada circunstancia concreta de uso; es decir, conocer y emplear las distintas variedades lingüísticas para lograr lo más importante, como dice Frank Luntz, “que la gente nos entienda”.

rmatuslazo@hotmail.com