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La Revolución siria es un túnel largo, interminable, más largo que cualquier otro de los períodos de luto y sangre en que se han adentrado los países que se han sacudido de encima las dictaduras en la geografía árabe en los dos últimos años. Dura ya 21 meses, desde que se produjo el primer estallido, y su balance es aterrador. Siria anda ya por la cifra de 40.000 muertes, dos millones de desplazados de sus hogares, medio millón de refugiados y un cómputo de destrucción de ciudades, infraestructuras y patrimonio, en muchos casos irrecuperable.

El durísimo y prolongado enfrentamiento entre el régimen y la oposición es, una auténtica guerra de desgaste, en la que vence quien tiene más capacidad de sufrimiento y aguante. La oposición ha demostrado sobradamente que no va a doblegarse, a pesar de la escalada militar para sofocar un movimiento que primero empezó como meras manifestaciones urbanas todos los viernes, pronto se convirtió en revuelta violenta con asaltos de comisarias e instalaciones oficiales y ha terminado como una guerra civil con guerrillas numerosas, bien pertrechadas y organizadas, que consiguen liberar territorios y ocupar de forma estable instalaciones militares.

La resistencia demostrada por el régimen es igualmente prodigiosa, en su caso ante dos frentes, el militar interno y el diplomático internacional, en el que el cerco se ha ido estrechando y el aislamiento acrecentando. Y solo se explica por su carácter de dictadura militar, bien pertrechada para misiones tan terroríficas como la actual, los auxilios de Rusia e Irán y la resolución y crueldad del grupo dirigente alrededor del antiguo oftalmólogo Bachar el Asad, educado por su padre y antecesor, Hafez el Asad, para defender hasta la muerte el poder dinástico alauí conquistado en 1972. Estas son las piezas que garantizaron hasta 2011 la pétrea estabilidad de un país de minorías, sobre el que pivotan todos los vectores de tensión e intereses que cruzan Oriente Próximo: chiíes y suníes, sionismo y nacionalismo árabe, fundamentalismo y laicismo, e incluso se perciben como sombras las fuerzas que antaño se confrontaron en la guerra fría, de un lado Moscú y del otro Washington.

También ha contado la incapacidad de la comunidad internacional para actuar como lo hizo en Libia. Han fracasado los intentos de abrir el camino hacia la creación de una zona de exclusión de vuelos o de una protección de la población civil, que implicaba una resolución de Naciones Unidas para dar cobertura legal al uso de la fuerza que permitiera su aplicación. Moscú y Pekín no están por la labor, pero muchos otros países consideran que la misión dirigida por la OTAN desbordó el mandato internacional con unos bombardeos que no servían para proteger a la población sino para decantar la guerra en favor de los rebeldes.

A falta de resolución, la guerra civil siria está entrando en una nueva etapa, que algunos consideran definitiva. El régimen ha perdido el control territorial de grandes zonas del país, incluyendo suburbios de la capital, Damasco. Los grupos armados han conseguido pequeños éxitos militares, como capturar más de una decena de bases del ejército, con su correspondiente armamento o interrumpir la actividad del Aeropuerto Internacional de Damasco. Según algunos observadores, el Estado controlado por Bachar el Asad está a punto de convertirse en una facción armada más entre las muchas que combaten, a veces incluso entre sí, por el dominio territorial.

Muchas son las dudas y los peligros que acechan todavía a los sirios en su túnel, pero justo ahora se atisba un punto de luz que anuncia un final que ojalá fuera más próximo de lo que pensamos.