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Managua cumplirá 40 años que fue abatida. Venerado hogar de más 400 mil almas, donde perecieron unas 15 mil, consecuencia del terremoto de aquel 23 de diciembre, convirtiéndola en cementerio.

Managua resumía más de siete mil años de historia testimoniada en sus huellas. Reliquias de seres migrantes en el albor antropológico, quizá cuando estaban enteros los colosos que legaron lagunas cratéricas, acariciados por el Xolotlán, entonces un charco cristalino redondo, en formación.

Durante siglos generaciones ancestrales padecieron estragos de las entrañas de la tierra. Los sobrevivientes aferrados siguieron aquí, recolectando, cazando, pescando, cultivaron frijoles, Tripsacum y Teocinte que hibridaron, produciendo la mazorca alimento, que compartieron con los pueblos de la Tierra.

La expandieron en desorden. Esa urbe que en 1972 delimitó un perímetro, iniciando del Parque Central por la Calle El Triunfo hacia El Arbolito, por la avenida hasta el monumento a Ramón Montoya; girando al este por Calle Cristóbal Colón, uniéndose en Avenida Central, bordeando la explanada en caminos polvosos y alambrados, por el Bautista, por el Gancho de Caminos se juntaba a la avenida que pasa frente a iglesia El Calvario, en la Calle 15 de Septiembre y una cuadra abajo, estaba El Abanico, una cantina, uniéndose con Carretera Norte en la Calle Momotombo, que iniciaba en esquina noreste de cervecería, al margen estaba la línea férrea, al frente la planta eléctrica y el mangal de la “Quinta Nina”.

Continuando al oeste llegaba a la avenida que pasa frente a iglesia Santo Domingo, doblaba hacia el norte topando con un tramo de la estación ferroviaria, seguía al oeste y llegaba al jardín de Catedral, unas varas a la derecha, era esquina del barrio La Bolsa, pasaba al norte de la Plaza de la República, entre parques, el Darío y Central, empalmando con la Avenida Bolívar que iniciaba al límite del parque, a pocas varas el perímetro cerraba, en la vía donde iniciamos.

En aquella Managua abundaba pobreza, explotadores injustos buscaban oro, los buitres la rodearon de un cinturón empobrecido donde residía la mayoría de población, el perímetro no era la ciudad, era una parte saturada de colonias insalubres y ese pueblo expoliado por “lotificadores”.

El entorno perjudicado estuvo constituido por barrios: La Bolsa, Escuela de Artes, Cristo del Rosario, Santa Ana, Monseñor Lezcano, Altagracia, San Judas, Bóer, San José Occidental, San Antonio, San Sebastián, La Veloz, El Caimito, Buenos Aires, La Suspensión, La Luz, Riguero, Campo Bruce, San Cristóbal, María Auxiliadora, El Edén, Paraisito, San José Oriental, Larreynaga, Candelaria, Bartolomé de las Casas, Santo Domingo, Julián Gutiérrez, El Patión, Pescadores, La Tejera, Silva o Chico Pelón, Los Ángeles, San Luis y unas colonias.

Después del terremoto el pueblo fue abandonado. No hubo Gobierno que velara por sus vidas e intereses; sí la de sus socios y serviles. No hubo presencia de instituciones ante la tragedia, de las primeras ayudas fue la Cruz Roja costarricense, ellos evacuaron a decenas de heridos. Nadie de organismo alguno se acercó en salvamento y asistencia, no hubo apagadores de incendios, no había agua, alimentos, techos temporales ni un elemento que invitara a no salir de los sitios donde estaba el hogar derrumbado y quizá soterrada la familia.

Militares saquearon almacenes, encabezaron el vandalismo. El Gobierno que en vez de ayudar a los afectados, aterrorizó a sobrevivientes, ordenando debíamos abandonar la zona porque iban a dinamitar escombros, también procedieron a alambrar el perímetro y obligaron trabajar por alimentos a familias.

Ayudas exteriores fueron tomadas por militares y se repartieron; también obstaculizaron. Habría sido un alivio que por algún medio anunciaran que nadie abandonara sus sitios, que repartieran techos provisionales, ayudas elementales y que apoyaran en alguna forma para reconstruir, pero no que expropiaran toda el área. La gente habría levantado sus mamarrachos.

El origen geológico del área en que se encuentra Managua data menos de 20 millones de años y los volcanes y concentraciones lacustres, apenas unos dos millones (Jaime Incer B., pág. 25 Geografía Básica). Geólogos de la NASA confirmaron que en 1972 sucedieron tres terremotos. De los que teníamos noticias eran el de 1931 y de 1968, conforme investigaciones en la zona de la metrópoli se suceden terremotos devastadores desde el año 1528, 1563, 1844, 1849, 1858, 1862, 1881, 1885 y 1898, más los tres citados suman 15.

Nadie, ni una “administración”, de las que se turnaron en el Estado, asumieron para paliar posibles desastres. El informe elaborado por el equipo de geólogos que el Departamento del Interior de EU destacó en Managua 1972 y que completaron en 1973, muestra una foto-mapa del área de unos 115 kilómetros cuadrados, auxiliados con seis satélites detectaron múltiples fallas, cuatro gigantescas calificadas “deslizantes” y “paralelas”. Son autores: R. D. Brown Jr., P.L. Ward y George Palfker, quienes afirmaron que esas grietas están separadas entre 270 a 1,150 metros, que se movieron en sentido izquierdo, derecho, vertical, de norte a sur y en diagonal este y oeste, durante “tres terremotos de 1972”.

El estudio referido se titula: “Geologic and seismologic aspects of the Managua, Nicaragua earthquakes of december 23 rd. Geological survey professional paper 838”. Pero sigue ignorado.

Preocupaciones de varios nicaragüenses, entre los que conviene recordar al ingeniero Santos Berroterán y el héroe Pedro Joaquín Chamorro, en 1972 advertían posibilidades de terremoto, pasaron como noticias. Después las recomendaciones del equipo científico norteamericano, no fueron atendidas. Las áreas no habilitadas para viviendas, poco a poco las han venido invadiendo, en irresponsable desafío.

El caso mayúsculo es el del complejo judicial que está construido sobre una de las cuatro fallas geológicas.

El calendario en su otoño ha botado 40 hojas, seguimos suspirando, cada vez se nos seca y anuda la garganta, nuestros ojos manan lágrimas, millares de corazones aceleran su palpitar, y es que esa Managua atávica, sus habitantes, nuestros familiares no se han ido.

Ojalá no ocurran otras trepidaciones y otras manos no escriban: Que no respetaron las predicciones de peligros, que los mandamases desobedecieron y con soberbia y ambición impusieron sus planes, aun arriesgando y sacrificando a inocentes.

armando.nurinda@hotmail.es