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La sociedad moderna vive dopada de un prototipo de opio bélico que se le inocula a través del consumo de entretenimiento efímero, me refiero a los arquetipos de la cultura de la violencia que emanan sistemáticamente, haciendo de lo bizarro algo “normal”, adaptándonos a una especie de simbiosis frenética del diario vivir; y lo puedo asegurar sin hacer apología especuladora de darwinismo social.

Solo basta observar los auditóriums: entre más violento sea el contenido de lo que se ve, habrá un plus de “diversión”; el inconveniente se hace álgido cuando se sale del control del espectador e influye en su propio estilo de vida, favoreciendo un culto y reverencia de la violencia.

Una parte del público en general considera que la violencia en los medios de comunicación afecta a mucha gente, pero no a ellos; es el notable efecto de la “tercera persona” (Davison, 1977) aplicado a la violencia.

Sigmund Freud establece que todos los conflictos del individuo surgen desde la niñez; ¿conoce usted, apreciado lector, según el tiempo que sus hijos e hijas pasan expuestos a un número de episodios violentos por programas de la TV, el porcentaje de personajes principales implicados en actos de violencia? Y no tengo nada en contra de ella; dejo en perspectiva que transmite y forma estereotipos sociales en los cuales se presentan directa o indirectamente mensajes que conforman una actitud que bien puede desencadenarse en agresiva o violenta.

Dicha influencia es mayor en los niños, quienes son moldeados en muchos aspectos por estos mensajes de televisión, pues recurren a esta para satisfacer sus necesidades de distracción, disminuir las tensiones y como medio para obtener información.

“No es fácil combatir un entorno social vulnerable a los códigos culturales que nos emiten en alguna medida los medios masivos de comunicación… donde se rinde culto a la violencia, al sexo y a las formas fáciles de vida”. (Federico Meléndez Valdelamar, Periodismo de Opinión, 1999).

Por ejemplo, el Bullying, entre otras derivaciones de la violencia, no se da por un efecto fortuito del medio en el desarrollo de la conducta del sujeto; como resultado de la repetición de violencia en los medios de comunicación de masas hay un decrecimento en la sensibilidad emocional del niño ante esta.

Por aprendizaje vicario asimilan que entre más violento y cruel sea el “castigo o reacción” de un “súper héroe” o “personaje ejemplar”, más emotivo será emular su comportamiento.

Hay un incremento en la agresión y la capacidad de ser violento o agresivo con otros. Los niños demuestran mayor agresividad en sus juegos y prefieren seleccionar la agresión como respuesta a situaciones conflictivas.

“La mente consciente es como la punta de un iceberg flotando en un mar de irracionalidad, caldo de cultivo de nuestros trastornos mentales y nutriente de nuestras más gozosas pulsiones” (Freud).

La sociedad ha permitido una permeabilización de inmensas escalas de programaciones violentas en sus emisiones, sin haber regulaciones o advertencias a materiales gráficamente censurables. El resultado será el de una comunidad cada vez más disfuncional.

Charles R. Wright, en “Comunicación de masas”, esboza el posible vínculo significativo entre la exposición a los medios masivos y la conducta delincuente, afirmando que influye negativamente en las pandillas del barrio (tribus urbanas), en las relaciones de familia perturbadas y en adolescentes con trastornos emocionales e inadaptados, que revelan una marcada preferencia por este material y hallan en él una indudable complacencia que podría reforzar sus tendencias delictivas.

* Ingeniero Agrónomo