Mónica Zalaquett
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¿Cómo sería el mundo si tan solo cambiáramos la estrecha asociación entre masculinidad y violencia, el rol más importante asignado a los hombres por la cultura patriarcal? ¿Qué pasaría si desde la infancia, en la familia y la escuela se brindara educación emocional a los niños y se les enseñara que no hay necesidad  de demostrar por la fuerza ni a riesgo de sus vidas su condición masculina?

Estas preguntas no buscan una respuesta, sino un llamado a la reflexión sobre la forma más brutal del dominio de la cultura de género en la vida de los  hombres. Hasta ahora hemos debatido ampliamente sobre los cambios de género entendidos como la transformación de las mujeres, pero no hemos comprendido que las creencias patriarcales constituyen un férreo mandato cultural con consecuencias funestas para ambos.

Hasta ahora hemos denunciado y comprendido lo más evidente: que las mujeres han sido víctimas de su vulnerabilidad frente al abuso del poder de los hombres, que en el mundo están siendo asesinadas cada vez en mayor número por sus propias parejas, que son golpeadas y muchas veces masacradas en sus hogares,  violadas, mutiladas o simplemente condenadas a morir por haber nacido niñas o antes de nacer por el sólo hecho de tener sexo femenino, sin contar todas las otras formas de opresión, discriminación e injusticia en que viven.

Cada día los medios de comunicación nos abruman con noticias espeluznantes sobre la masacre de mujeres, niñas y adolescentes cometidas por razones de género, noticias que despiertan horror e impotencia como el caso de la joven saudita violada por varios hombres y luego azotada y condenada a prisión tras haber hecho la denuncia. Sabemos que además de ser víctimas masivas del feminicidio, el trato violento y los ataques sexuales, las mujeres son culpabilizadas por lo que les ocurre en una tragedia de género que ha sido el peor y menos aceptado de los holocaustos cometidos en la historia de la humanidad.

Pero ello no significa que los hombres hayan salido ganando con estos hechos, sino que, por el contrario, han sufrido en su condición de hijos, esposos, hermanos, padres o amigos de esas víctimas, como han perdido  también en su rol de agresores, por las consecuencias que estos hechos tienen en sus vidas aún cuando no sean juzgados o sentenciados por su actuación criminal.

Por otra parte, se conoce poco sobre las diversas y terribles consecuencias del mandato que obliga a los hombres a poner en riesgo sus vidas, por ejemplo, a través de los ejércitos regulares e irregulares, las pandillas o en los enfrentamientos públicos y callejeros que protagonizan en forma cotidiana para reafirmar su masculinidad. En otras palabras, si las mujeres perecen a manos de los hombres, estos se matan entre sí para probar públicamente su “hombría”, a riesgo de ser comparados por su “debilidad” con las mujeres y enfrentar por ello el rechazo, el desprecio, la burla o la estigmatización social.

Una manera eficaz de promover la violencia en el hombre ha sido privarlo desde la primera infancia de la libertad de identificar y expresar sus sentimientos, empujándolo  al consumo de alcohol y drogas, a las actitudes autodestructivas y a optar por la fuerza antes que el diálogo para encarar sus conflictos con los demás. Esta represión emocional sumada a los procesos violentos de crianza y al estímulo constante de los comportamientos agresivos en la vida cotidiana ha convertido a millares de hombres en verdaderas bombas de tiempo, que al más pequeño estímulo explotan contra los más débiles, agrediendo o matando sin la menor empatía con el sufrimiento ajeno y sin conciencia alguna sobre las razones de su comportamiento demencial.

Es evidente que no podremos proteger la vida y la integridad de las mujeres, de los niños y niñas sin impulsar cambios en una cultura de género que nos revela al machismo como una verdadera patología social. Pero también es un hecho cierto que no podremos enfrentar con éxito otros grandes problemas sociales como la pobreza, las enfermedades o la destrucción del medio ambiente sin desarrollar una nueva conciencia en los hombres sobre esta cultura del egoísmo, la opresión y la insensibilidad.

Si los hombres comprendieran masivamente el impacto nefasto del mandato machista en sus vidas no sólo podríamos prevenir y disminuir la violencia, sino también construir sociedades más justas, solidarias y humanas. Se hace urgente por ello que los gobiernos y las organizaciones de la sociedad civil den adecuada prioridad a este tema y emprendan una educación masiva de género destinada a despertar esta conciencia en los hombres, a la vez que se apoya la evolución y emancipación de las mujeres. No hacerlo puede constituir un impedimento a la evolución social y un claro aliciente a la violencia intrafamiliar.

Si el gran avance del siglo pasado fue despertar la conciencia de género en las mujeres, en este siglo deberíamos emprender una labor correspondiente con los hombres. No tiene sentido empujar cada vez más a las mujeres a ocupar roles públicos sin estimular al mismo tiempo a los hombres a un nuevo protagonismo en la vida privada, estimulando su afectividad y paternidad como grandes cualidades masculinas, frente a la creencia actual de que constituyen signos de debilidad.

Es urgente devolver a los hombres hombre la libertad de asumir aquellos aspectos  inherentes a su condición humana mal entendidos como “femeninos”, tales como la expresión emocional, la comunicación asertiva, la capacidad de empatía y la valoración de sus relaciones afectivas y familiares. No existe otro camino para prevenir la violencia, erradicar el autoritarismo y construir relaciones democráticas en la familia y la sociedad.  

*Directora, Centro de Prevención de la Violencia, Ceprev