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En las universidades y en los colegios abundan las huellas de un fenómeno que crece como la mala yerba. Sus devotos son alumnos y maestros. Pero horror de horrores también es plaga entre los sacerdotes. Al decir pornografía nos referimos a los materiales o imágenes que representan actos sexuales con el fin de provocar la excitación sexual.

Se manifiesta en muchas disciplinas. Cine, escultura, fotografía, literatura, pintura. En gran auge con las revistas pornográficas y con Internet. Es diferente de lo erótico, que puede ser excitante y aceptable. La pornografía es tan vieja como el mundo. En la prehistoria dibujaban o hacían estatuillas con caracteres sexuales exagerados. Senos enormes, como las Venus paleolíticas, o falos prominentes. Sin embargo entonces, la intención de estas representaciones no era excitar sexualmente, sino pedir a los dioses fertilidad y buenas cosechas.

El contenido de la pornografía no importa tanto como la manera en que sorprende, provoca y rompe con las normas aceptadas. Es una manera de transgredir las normas de lo representable, es una expresión de deseos ocultos, oscuros y reprimidos que al hacerse públicos se vuelven una forma de vergüenza, crisis, disidencia y rebelión moral.

Es explotación de seres y de cuerpos, exhibidos en momentos extremos de vulnerabilidad. Es la producción de imágenes destinadas a provocar estímulos sexuales, escenas destinadas a entrar en resonancia con las fantasías personales. Señales sexuales acumuladas a lo largo de la vida, provenientes de traumas, amores y desamores, complejos, triunfos y catástrofes sexuales.

Elementos que conforman el imaginario erótico de la identidad personal. Secuencias que excitan. Los recuerdos que conforman el modelo, no se confeccionan a voluntad. Surgen los pedófilos, los coprófagos, los zoófilos, los teratófilos y los emetófilos. Filias peligrosas que implican abusar de terceros, con consecuencias trágicas o criminales. Gentes incapaces de cambiar la naturaleza de sus deseos obligados a ocultarlos. Con frecuencia victimizan a niños.

La pornografía ya no es escasa y cara. Ha disminuido la censura y estigmatización que históricamente la acompañaban. La gente puede encontrar con cierta facilidad en el ciberespacio imágenes congruentes con sus fantasías personales, algo que antes de la era digital era poco probable. Sin embargo, esta abundancia se convierte en saturación, en un bombardeo incesante en el que desaparecen los matices, un estado de pornificación donde lo obsceno se vuelve invisible por la falta de contrastes y de espacios donde la transgresión tiene significado.

La pornificación de la cultura proviene de mentes reaccionarias. Término lanzado para escandalizar a las buenas consciencias con la amenaza de imágenes perversas capaces de corromper a los débiles de espíritu. Lejos de juicios morales, es innegable que la estética, los clichés, la sintaxis y la “ideología” del porno impregnan numerosos dominios de la cultura, borran las fronteras que lo confinaban a un rincón prohibido.

Da lugar a un vacío en las mentes. Su normalización provoca la necesidad de crear otros reductos donde se violen las normas de lo aceptable. Vivimos una era de guerra permanente y de violencia extrema. Los medios electrónicos están saturados de imágenes sexuales y bélicas.

Durante las guerras, los propagandistas crean una imagen limpia del conflicto al convertirlo en un espectáculo televisivo donde misiles inteligentes destruyen edificios, infraestructura civil y una variedad de estructuras indefinidas en los monitores. Israel despedazando a Gaza. Ese macabro entretenimiento hace desaparecer al cuerpo humano del conflicto. La guerra se reduce a un juego de video. A una serie de explosiones, como en la pornografía reduccionista, donde el acto sexual se simplifica en la eyaculación.

Esta fantasía bélica manufacturada en las agencias de publicidad con la complicidad de las agencias televisivas omite toda alusión a las imágenes de muerte, mutilación y miseria humana. Los misiles, impactaban sin fallar en sus blancos, en ocasiones llevando una cámara en la punta que registra detalles hasta el último momento. Desatan una obsesión tecnológica y la ridícula ilusión de la guerra aséptica. El show de la lluvia de misiles se convierte en pornografía desplazada por la brutalidad feroz de la imaginería bélica de este siglo. Apúntenle un tanto al desarrollo capitalista.

 

* Docente universitario.