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Lo más fácil sería improvisar mi saludo con las tarjetas navideñas cibernéticas; ellas dicen mucho pero hablan poco; además soy enemigo de lo fácil y amigo de lo divino, concebido como el acercamiento del cielo aunque no necesariamente lo sea…

Entre la antología de meses resguardo algunos que supieron darme cobijo aunque afortunadamente la vida no es un nido sino un vértigo, una búsqueda no una frontera, por eso aprendo de los meses que supieron desnudarme como el alma de un artista que se revela frente a su propia obra.

Los años carecerían de días y calendarios sino tuviéramos nada que calendarizar, entonces agendo en la memoria mi pasión por la vida, articulada de momentos, donde siempre está presente algún encuentro: el encuentro fortuito con vos, el encuentro pendiente con vos, el encuentro latente conmigo y los desencuentros que a veces suelen herirnos de muerte y nos dejan en el recuerdo un luto indefinido.

Entonces queda la palabra que no nos dijimos, acróbata del viento sostenida con el equilibrio del pensamiento; la costosa llamada a un sólo paso de nuestro orgullo, el correo pendiente donde justificamos nuestro silencio, es decir, ¡una infinita deuda moral!

Y mientras asumo que vos me lees me queda la duda; por esas palabras que me dijiste y no escuché o como el perdón irremediable por donde sutura la aguja ante la rebelión de las heridas, pero vale la pena asumir el riesgo como símbolo de algún acierto donde concertamos la paz.

Por eso la palabra no es una bisutería que podemos adornar o envolver con papel crepé y enlazarla con la demagogia virulenta de nuestros días… Yo busco en ella el secreto dormido del dominio del alma que cuando nos toca hereda una sensación de unidad.

Entonces dedico estas líneas a vos que te amé con el irremediable deseo de dejarte ir y no verte jamás, a vos que tanta veces hiciste de amigo, cómplice y peregrino cuando conjurábamos en las noches. A vos, que erróneamente te consideraste contrincante o enemigo mío y luego viste que de los espejismos no podemos vivir, porque no somos engendradores de rencores; al que herí ingenuamente con la ceguera del orgullo y la resistencia de la primavera, a vos que no te saludé y cuando me decidí a hacerlo lo hice frente a tu epitafio.

De mí hacia vos deseo comprendas que no hay precipicios, sólo veo caminos, como libros que saben abrirse frente a la comunión de nuestros ojos convencidos de que el amor nos hace vivos, convencidos de que la solidaridad nos convoca frente al dolor ajeno y liberados de las “libertades” prostituidas con que se pretende vencer a la humanidad.

Confirmo que a veces siento los dolores del mundo en mi espalda y los psiquiatras me diagnosticaron estrés, los brujos presagiaron mal de ojo y otras supercherías; los sacerdotes le denominaron posesión demoníaca, los poetas me dijeron que era melancolía… Yo le llamo compromiso. ¡Por eso me urge hablar con vos!

 

24/12/2012

* Escritor y abogado

irvincordero@gmail.com