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Enrique tiene un próspero negocio en el sector industrial y recién, ha comenzado a incursionar en el negocio del transporte. Su vida, cual carrera de obstáculos, le hace saltar entre problemas, decisiones, soluciones y nuevamente más problemas.

El otrora emprendedor, convertido ahora en dueño de una mediana empresa, vive una permanente hiperactividad generada por el quehacer empresarial propio del crecimiento y desarrollo de sus negocios. Obviamente, cada minuto lo siente como un segundo y cuando se percata; amaneció y el calendario tiene una nueva hoja que mostrar.

El negocio del transporte se muestra prometedor y haciendo rápidas cuentas mentales mientras conversamos, calculo que le significará ingresos de varios millones de córdobas mensuales. ¡Definitivamente un éxito empresarial!

Enrique va al gimnasio todas las noches. A las nueve regresa a casa y su esposa le reclama por ese tiempo que las pesas, tablas para abdominales y bicicletas estacionarias, le roban diariamente a la familia. Él le aclara que va por obligación, no porque le guste. –Mi amor, es una vía de escape para disipar un poco el estrés laboral-, suele explicarle cariñosamente.

Apenas cumplió treinta años, pero las huellas de sus noches insomnes, hacen que su rostro parezca cinco años mayor. Al preguntarle hasta cuándo seguirá con esa rutina, responde con la seguridad de quien está haciendo lo único posible y totalmente correcto: -No puedo descuidarme. Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente-.

La conversación franca y fraterna duró unos treinta minutos, tiempo en el cual me quedó claro que Enrique estaba atrapado en su propia rueda de hámster. Esa jaula circular en que corren ciertos roedores sin poder salir de ella. Mientras más corren, más aprisa gira la rueda. Enrique trabaja duro para hacer dinero y mientras más tiene, más debe trabajar para cuidarlo.

Por años he predicado sobre la importancia de la actividad emprendedora, en nuestras vidas y en la sociedad. Y lo reafirmo, la actividad emprendedora es vida, es alegría, es realización. Sin embargo, al ver casos de la vida real, como el de Enrique, se me hace imperativo plantear estas preguntas: ¿Qué es realmente el éxito? ¿Cuál es el precio que se debe pagar por obtenerlo y, principalmente por retenerlo? ¿Deben las empresas crecer hasta el infinito o por el contrario deben tener un límite? ¿Competir; con quién o para qué?

Mientras ustedes hacen sus propias reflexiones, yo me prepararé para compartir las mías en un próximo artículo. Hasta entonces.

 

* Autor del libro “Éxito emprendedor”.