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El comportamiento del hombre primitivo fue, en cierta forma, similar al de los animales y su preocupación fundamental era, obviamente, satisfacer sus necesidades vitales. No obstante, su condición de animal gregario y su capacidad de raciocinio lo convirtieron en un ser social, cuya convivencia en grupos creó la necesidad elemental de comunicarse. Y recurrió a procedimientos diversos -señales, dibujos, gruñidos, gestos, gritos, etc. –según los estadios de su evolución y desarrollo. (Rousseau dice que “las necesidades dictaron los primeros gestos y que las pasiones arrancaron las primeras voces”). Posteriormente, esta capacidad para intercambiar mensajes le permitió sustituir paulatinamente los medios primitivos por signos lingüísticos, para crear códigos que hicieran posible la comunicación en forma sistemática y eficiente.

Pero, ¿cuándo comenzó el lenguaje? Este planteamiento ha preocupado a los expertos (filósofos, lingüistas, antropólogos, psicólogos, etc.) de todos los tiempos. Algunos científicos han abordado el estudio de las lenguas de los pueblos primitivos, pero no han podido determinar los estadios originarios porque han encontrado en la mayoría de estas lenguas sistemas lingüísticos complicados y evolucionados, lo que presupone un largo trecho recorrido desde la prehistoria.

Otros investigadores han intentado resolver el enigma estudiando la manera de hablar de los niños, con los sonidos más fáciles (“ma...ma, ta...ta”, etc.); pero este expediente tampoco arroja luces sobre los protoestadios de la lengua, pues simplemente han logrado precisar cómo se adquiere un sistema lingüístico ya formado.

Uno de los primeros especialistas en abordar científicamente el problema de la prehistoria de la lengua fue el danés Otto Jespersen, quien creyó que las primeras manifestaciones del habla humana constituían un complejo de sonidos no identificados (gritos instintivos y emotivos), los cuales proferidos en determinadas situaciones habían adquirido su significado. Una persona se está ahogando, afirma, puede pedir auxilio en cualquier lengua y la propia situación hará comprender el contenido de quien se encuentre en esas circunstancias. Es la teoría de las interjecciones.

Otro intento por descifrar el enigmático desafío fue realizado por el lingüista holandés J. van Ginneken, quien establece dos etapas primitivas de la evolución del lenguaje: primero, el hombre se expresaba únicamente por medio de gestos, y luego mediante la escritura pictográfica, sin palabras ni sonidos. Sin embargo, el lenguaje de los gestos -arguyen algunos- se encuentra muy desarrollado en diferentes regiones del mundo, como en los pigmeos del África Central, en Madagascar, Asia y Australia.

No pocos estudiosos han buscado una explicación al significado del signo lingüístico en la teoría denominada del “guau-guau”, que consiste en asociar el sonido con el concepto, como cuando el niño llama al perro “guau-guau” o al caballo “paca-paca”. Es decir, estos lingüistas atribuyen el origen de la mayoría de los signos lingüísticos a los sonidos onomatopéyicos, hipótesis descartada particularmente por Edwar Sapir -uno de los mejores conocedores de las lenguas amerindias- quien ha observado la ausencia casi absoluta de las palabras onomatopéyicas en dichas lenguas.

La lingüística moderna se acerca a la médula del asunto con postulados referidos a la esencia del lenguaje. El psicólogo húngaro G. Révesz aporta criterios más avanzados y novedosos con su teoría del carácter social del lenguaje. Buscando el hilo de Ariadna, Révesz encuentra algo fundamental -según él- para el nacimiento del lenguaje: la necesidad de contacto con el entorno. Cuando un niño recién nacido grita, el sonido producido es simplemente expresivo y carece en principio de una función comunicativa. Hace falta la intención, elemento característico en un acto de habla. A medida que va descubriendo su relación y su influencia en la situación del entorno (como cuando llora y le dan la pacha) se produce lo que Révesz denomina la “llamada”, es decir, la situación en la que el grito espontáneo -tanto en el niño como en los antepasados del hombre- se convierte en expresivo, un acto consciente para entrar en contacto con el entorno. Pero no tiene todavía los elementos característicos del lenguaje. La “llamada” de Révesz, constituida de un complejo de sonidos inidentificados, fue fijando poco a poco su forma sonora, se fue diferenciando y haciéndose común entre un grupo de individuos de una horda, una tribu o una región, hasta convertirse en un sistema convencional de medios expresivos, cuyo contenido significativo quedaba ya más claramente delimitado, aunque de manera diferente según la región. El lenguaje entonces, como afirma Bertil Malmberg, solo apareció “cuando aprendieron a usar un complejo sonoro dado en una situación concreta, como signo convencional aplicado a determinado concepto”.

Otras teorías no faltan, pero sigue en pie el enigma del origen del lenguaje, entendido modernamente como un “sistema social de representaciones” en donde los sujetos comparten sentimientos, intenciones y deseos. De ahí la afirmación de Jaime Nubiola: “La aparición del lenguaje sólo es explicable si se lo considera un instrumento compartido de comunicación”.


* Escritor y lingüista.

rmatuslazo@hotmail.com