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-“Ahí quedate, chavalo” – gritó la mujer. Casi me despertó de la somnolencia, y detuve el carro.

Lo que voy a contar es injusto, lo sé. Pero aunque me resista, es inevitable mirar, escuchar, y ahora contarlo.

El semáforo en rojo, la mujer vendedora de repuestos parece reconocer al conductor del vehículo que se detiene delante de mí. El hombre baja la ventanilla. La mujer se acerca sonriendo, con la mano sobre el hombro, cuidando de que no se le caiga una marimba de escobillas limpiaparabrisas. Antes, le grita a uno de los chavalos “¡ahí quedate!”. Son tres, dos de ellos esqueléticos y requemados. El sol hiere como los malos recuerdos. Ya saben Managua del mediodía. La mujer, sin embargo, se acerca sonriendo. La cara brillando en sudor.

-¿Cómo están?- pregunta el hombre del vehículo.

Ahorita, disculpá amigo o amiga lectora. Disculpá que me atreva a suponer lo que estás pensando en este momento del artículo. Que voy a recrear la conversación para al final sacar conclusiones injustas sobre la pobreza que sigue azotando a la ciudad y al país.

Porque es injusto y fácil detenerse en un semáforo, oír, mirar y, más tarde, llegar a la misma opinión: que están ahí, los de siempre, los que sufren una especie de condena nicaragüense: la repetición de la misma pobreza. Que las cifras macroeconómicas de las que presumen las instituciones sirven casi exclusivamente para que siga el negocio y la fiesta de los que manejan macro-patrimonios. Es la versión más capitalista posible de la economía de mercado. Una versión que convive con algunas políticas sociales que sostienen la pobreza y la miseria de modo que no se haga tan insoportable como para que llegue a perturbar el negocio.

Sí; tenés razón, amigo o amiga. Es injusto sacar conclusiones así de rápido. Es incluso superficial. Pero la señora que cuida de los niños esqueléticos responde con ironía, señalando casi al cielo, a una de las grandes vallas del color del gobierno.

-“Aquí estamos nosotros” – dice cuidando de las escobillas, con una voz tan sonora que se escuchó en toda la fila de carros -: “bendecidos, prosperados y en victoria” –. Y soltó la gran carcajada.

No. Espera un momento, amigo o amiga. Sólo una palabra más. No nos queda mucho tiempo. El semáforo estaba a punto de cambiar. También la carcajada y la ironía de la mujer. Quizá no quería decir lo que crees que digo. Quizá debiera ponderar a las otras gentes que cuidan de niños esqueléticos y que sí han sido beneficiados por la política de “restitución de derechos” . Pero ya han pasado varios años. Muchos, ¿no crees? Y esa propaganda de las grandes fotos y los titulares es tan injusta e incierta como sacar conclusiones de un país en un semáforo.

Muchos años ya, y cuando miras, casi todo para la gran mayoría de la gente sigue igual. Condenada repetición de la miseria. La vieja estratagema de la salud macroeconómica ha sido utilizada por cada gobierno que se recuerde en el país. Mientras tanto el negocio de unos pocos continúa, y la pobreza de unos muchos también. Y no , no se mira.

¿Cuestión de tiempo?, decís. El tiempo se ha detenido para muchos, ¿no crees? ¿No viste el tiempo detenido en las grandes filas de la Purísima? Decime, entonces, ¿cuántos años habrá que esperar para que el tiempo y las filas avancen, cuántos para mirar algo diferente? Para no sacar conclusiones superficiales e injustas.

A veces, es cierto, hay muchas cosas que están ahí, sin verse. Pero ni con toda la enorme maquinaria publicitaria del gobierno, ni con los medios de comunicación a sus órdenes, se puede evitar que lo que se mira, se mire, y lo que se escucha, se escuche. Como tampoco se puede evitar pensar en este fracaso que sufren los que menos tienen, aunque sea injusto e incierto pensar que no sólo se trata de una mujer ni de unos niños, sino de un país.

Cuando arrancamos, el cumiche de los de la vendedora de repuestos seguía sin moverse. Petrificado por la orden, en medio de la vía y de los carros que le pasaban rozando en las dos direcciones. “¡Ahí quedate, chavalo!”, volvió a gritarle.

 

sanchomas@gmail.com