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Una de las Historias de la Iglesia con mayor número de ediciones, del teólogo jesuita Ludwig Hertling, habla de la “literatura martirológica de carácter legendario”, y encuentra que “en su De Civitate Dei, san Agustín distingue diez persecuciones de cristianos... Este esquema al que hoy siguen fieles muchos historiadores, no corresponde a la realidad, al menos para la primera época”. En consecuencia, el año 1969, la Imprenta Vaticana publicó una lista de “Santos con notables dificultades históricas” en la revisión del Calendario Romano autorizada por el papa Paulo VI.

También la historia documental desmonta la invención del llamado “Edicto de Milán” de Constantino el año 313, así como la leyenda de su conversión cristiana. Basta leer la Historia Eclesiástica de Eusebio de Cesarea, obispo contemporáneo de Constantino, para darse cuenta de que el año 313 solamente existió un rescripto de un Edicto de Galerio del año 311 a favor de unos cristianos expropiados; no se trató de un edicto original, y fue emitido por el emperador Licinio en la parte oriental del Imperio. Mientras Constantino era emperador de la parte occidental, donde no se publicó este rescripto que sólo se conserva en griego.

Leyendas martirológicas y legendarias “historias de santos”, más la leyenda eclesiástica de la conversión de Constantino, fueron originadas por el estilo retórico, común en el género de apología de los romanos. Lo que en la actualidad llamaríamos propaganda ideológica.

En cuanto a la propaganda apologética cristiana conviene distinguir dos períodos: primero, la aparición de una variante de filosofía neoplatónica que adoptó elementos de retórica cristiana en la segunda mitad del siglo II y siglo III; y después en el siglo IV, cuando el emperador Constantino instituyó las magistraturas de audiencias episcopales el año 317 como parte del Estado multirreligioso, junto a las ya existentes magistraturas para ciudadanos romanos de cultos egipcios, mitreos y el patriarcado judío. Pues había judíos con derechos de ciudadanía, como había sido el caso de Pablo de Tarso.

Durante el primer período, la apologética enfrentó el debate anticristiano: el Discurso sobre la Verdad o Discurso Verdadero, de Celso; el escrito satírico de Luciano de Samosata, en La muerte de Peregrino; una breve alusión en las Meditaciones de Marco Aurelio; y el Contra los Cristianos del célebre filósofo Porfirio de Tiro. Otras obras anticristianas de este período, como las mencionadas por Lactancio, se perdieron.

Después en el siglo IV, los obispos imperiales favoritos de Constantino se repartieron las magistraturas curiales, enfrentándose a funcionarios cristianos que habían servido a los emperadores depuestos por Constantino, Majencio y Licinio. Su propaganda apologética se orientó contra aquellos que se oponían a los obispos de culto imperial, como fueron los combatidos cristianos Donatistas; y contra los seguidores de Prisciliano de Ávila opuestos a una autoridad dogmática entre los cristianos.

Pero no fueron menores las luchas internas entre obispos que encubrían intereses cortesanos con distintas banderías doctrinales llamadas “sacramentum”, que significa “estandarte”; como fue la guerra a muerte del partido de obispos magistrados de los imperios de Graciano y Teodosio con el estandarte del Credo de Constantinopla del año 381 contra los obispos Arrianos que habían sido favorecidos bajo los emperadores Constantino, Constancio, Valente y Valentiniano. Se puede comparar el Credo de Nicea del arrianismo moderado en el Catecismo de la Iglesia Católica.

La retórica apologética alcanzó un alto grado de violencia durante los siglos cuarto y quinto, con exponentes como Ambrosio de Milán y Agustín de Hipona. De tal modo que, el debate anticristiano del emperador Juliano en su obra Contra los Galileos y la controversia apologética del obispo Cirilo de Alejandría ya aparecen como una disputa pacífica.

 

* Docente.