Jorge Eduardo Arellano
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Se hallan muchas formas de morir. En un hospital debido a una negligencia médica o por no llegar a tiempo a la sala de urgencias porque el tráfico estaba congestionado o porque no hubo suficientes conductores con cortesía hacia el moribundo o agonizante que a bordo de la ambulancia atravesaba la ciudad sin centro y sin corazón.

Morir sorprendido por un infarto mientras se toma una ducha o caminando en la calle, ser fulminado por un rayo o por una bala perdida de unos ladrones que huyen de la Policía y de la escena del crimen.

La forma más común, morir atropellado por un carro a alta velocidad conducido por un chofer ebrio, taxista o busero, la mayoría de los casos, y quedar con los huesos al aire y la sangre en el pavimento que luego secará el sol y ni los perros se acercarán a oler.

Morir en una calle, en una parada de bus quizá, asesinado mediante un puñal o una bala durante un atraco, en un lugar tranquilo, pero no hay lugar tranquilo en Managua. O a bordo de un taxi tomado sin precaución a medianoche, el que luego abordan unos maleantes y navaja en mano despojan de todo cuanto se lleva y también de la vida.

O ser envenenado con algún químico, o alguna brujería, o recibir una paliza sorpresa o un robo falso que es una venganza por un amor mal correspondido. O porque sin querer nos entrometimos en una historia que no era la nuestra y no conocíamos y nos dejamos llevar por unos ojos y por el curso mortífero de una piel que no era libre.

Morir de tristeza. En el abandono. Dejarse morir. Morir de amor, dormido plácidamente tras una ingesta de pastillas. O colgado del palo de mango del patio de la casa, ante la vista de vecinos que se organizan luego para bajar nuestro cuerpo ya inerme.

Esfumarse y nunca más dar señales de vida ni de muerte, eso también es morir. Ser buscado infructuosamente por una madre con sólo una fotografía ya desleída en la mano, y que recorre suplicante cuanto hospital y morgue y cárcel y estación de radio existe, y sólo consigue que aparezca una pequeña esquela en la parte inferior de la sección de sucesos del diario más sórdido del país, bajo el título Se Busca; y la edición de ese día y su contenido se olvidará sin respuesta; más no morimos en el corazón ni en la memoria de quien nos ha parido al mundo, al mundo que nos hurta para siempre de su regazo.

Morir en la memoria de los otros. Ser excluido es una forma de morir también, ser expulsado del grupo o de la comunidad, el olvido del nombre y del rostro y de la voz. Ser desterrado por la vergüenza de la familia. Como aquel chico afeminado de Altamira quien no teniendo con las palizas del padre que pretendía corregir esa inclinación terca a lo sublime, fue enviado a México a estudiar, y luego condenado a llevar una vida disoluta y triste en Europa, siempre lejos de los suyos y de sus raíces. Y sólo unos cuantos lo recuerdan en secreto, la madre quizá, cuyo corazón siempre está a salvo del olvido. Pero poco a poco el nombre se pierde en la cuadra y los rincones que conocieron de sus juegos. Hasta que llega el olvido y con ello la muerte. El olvido es otra forma de morir.

Desaparecer un día de la rutina y emerger ya sin vida en el lago de Managua entre el hedor y los zopilotes y ser descubierto por un hambriento hombre que busca unos cuantos peces también hambrientos, o por unos niños que deambulan en sus travesuras poco inocentes bajo un cielo gris.

Luego viene la sepultura. He asistido a funerales verdaderamente tristes, exequias en las que nadie hay para llorar al difunto o difunta, por ejemplo aquella mujer muerta tras un largo cáncer, que no tuvo quien cargara su caja a la salida de la iglesia, pues ya no quedaban hombres en su familia sólo compuesta por unas pocas ancianas incapaces de llevar sus propios cuerpos.

He visto funerales con tres o cuatro personas que acompañan el féretro por calles de Managua; observados por curiosos que detrás de ventanas de autobuses indiferentes buscan lágrimas en los rostros adoloridos para adivinar a los deudos.

Los cementerios están solos. En el Cementerio General de Managua, las cruces inclinadas son testigos de fornicación y consumo de crack, de ellas cuelgan amapolas artificiales marchitas por tanto sol e intemperie; hay ángeles decapitados sobre tumbas cubiertas de maleza; un portón es empujado por el viento; y unos jornaleros, impúberes y apolíneos, ofrecen sus servicios de limpieza y cuido de tumbas.