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No es raro escuchar a las personas decir que durante las Navidades tienen un sentimiento de nostalgia: de los recuerdos de infancia, de las personas que ahora no están, de los olores y sabores de antaño, del clima familiar que ahora ya no existe. La nostalgia es un sentimiento comprensible que se prueba sobre todo en los momentos de celebraciones importantes que nos regresan al pasado, o mejor dicho, a lo que éramos y ya no somos.

En su raíz griega, nostalgia proviene de nostos, que viene de nesthai (regreso, volver a casa), y de algos (sufrimiento). Es decir, un regreso al sufrimiento. Originariamente se comprendía la nostalgia como la pena que se probaba por el estar lejos de casa, del propio terruño. Es el sentimiento de tristeza que prueban los emigrantes cuando dejan su propia tierra y a los seres queridos. Este sentimiento abarca también un significado más amplio que comprende la ausencia de algo que fue, vivimos o tuvimos y que ya no existe o, mejor dicho, que se ha transformado.

Por este motivo, las fiestas, sobre todo las de Navidad, recrean estos sentimientos que reportan al pasado, del “yo que ya no soy”. Así es bastante frecuente encontrarse con personas que no hallan las horas de pasar este momento porque los recuerdos son demasiado nostálgicos, es decir, demasiado invadidos por el pasado y no por el presente que ahora se vive. A menudo estos momentos son recordados mejor de cómo en realidad fueron y esto le quita el valor al instante que se vive ahora y que es disminuido frente a tiempos idos.

Es sano tener memoria de la propia historia, siempre y cuando sirva de trampolín para vivir el presente, no como ancla de una lancha llena de recuerdos que disminuyen el valor de lo que hoy somos y tenemos, que nos impide seguir el curso de nuestra vida valorándola en su presente. El riesgo de permanecer con la nostalgia es que puede convertirse en melancolía que es una tendencia a la tristeza permanente, a vivir desfasados en épocas que no pueden revivirse, porque la vida no puede detenerse, sigue su curso como el río que fluye no obstante las piedras del camino.

Vivamos y disfrutemos estas fiestas por lo que son: un homenaje al estar presentes, celebrando la vida. Recuperemos el valor del ahora y de lo que tenemos en este momento a nuestro alrededor.

 

* Doctora en Psicología Clínica.