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“Onomatopeya” es una voz que nos viene del latín y éste, a su vez, del griego: onomatopoeia, y se define como la “imitación del sonido de una cosa” en la palabra formada para tal fin. También es la palabra formada por este procedimiento. Se trata de una palabra creada por imitación de un ruido natural como el “tic tac”, que intenta reproducir el sonido del reloj o el “quiquiriquí” que imita el canto del gallo.

Diversos son los procedimientos empleados en la creación de onomatopeyas (del gr. onoma, nombre y poiesis crear). Muchas onomatopeyas se forman mediante la repetición de sonidos vocálicos y consonánticos: “chau chau”, “piripipí”, “paparapa”, “pacapaca”, “pon pon”, “ban ban”, “fo fo”, “foco foco”, “pipí”, “pupú, etc.

Otro procedimiento seguido en la formación de onomatopeyas es la alternancia de vocales, sobre todo para expresar ruidos diferentes, como el sonido de un coscorrón “pis pos”, etc. Es muy expresiva la onomatopeya que se refiere a la discusión rápida y sin mayores consecuencias: “rifi rafa”, en donde se puede inferir que “rifi” corresponde a uno de los discutidores y “rafa” al otro.

Hay, igualmente, formas onomatopéyicas basadas en alteraciones de consonantes iniciales, principalmente, como estos ejemplos del habla nicaragüense: “ban gan”, “güerén”, “tilín”, “chumbulum”, “chirrís”, “trucún”, etc. Ge Erre Ene (Gonzalo Rivas Novoa) utiliza “raflá” refiriéndose al sonido de algo que se destripa como una zanahoria; pero el uso más frecuente de esta onomatopeya está relacionado con lo rápido y lo súbito. Un anuncio publicitario dice así: “Usted nos da solamente su nombre y su dirección y nosotros raflá le entregamos el artículo”.

En nuestro idioma tenemos sonidos fácilmente identificables en algunas onomatopeyas. Por ejemplo, los sonidos /t/, /m/ y /b/ aparecen en formas onomatopéyicas relacionadas con explosiones o sonidos fuertes como “retumbar” y “estampido”; el grupo /tr/ en disparos o pequeñas explosiones como “traqueteo” y “triquitraca”; el grupo /gr/ en onomatopeyas que imitan el sonido del pecho y la garganta como “gruñir” y “gurrú” (“El pecho le hace gurrú gurrú”, dice César Ramírez Fajardo en Lengua madre), y hasta en los sonidos de ciertos animales como “mugir” y “rugir”.

La onomatopeya florece principalmente en las formas de lenguaje espontáneas y expresivas como la charla de los niños, el habla familiar y popular, y los dialectos y germanías. Los escritores han explotado felizmente este recurso, y en Nicaragua muchos narradores han recogido en sus obras formas onomatopéyicas del habla coloquial, como este ejemplo tomado de “Cuartel General”, de Chuno Blandón: “Caminó más rápido y escuchó el güere güere eterno en la casa del matrimonio”. Algunos animales de la fauna nicaragüense llevan el nombre formado precisamente por los sonidos que emite su canto como la “poponé”, el “güís”, el “pijul” y el “pocoyo”, que los indios quiché llamaban “pucuyú”.

Nuestros indígenas fabricaron instrumentos musicales, cuyo nombre nos recuerda su sonido. En “Panorama masayense”, de Enrique Peña Hernández, encontramos algunos: el “juco”, el “chau chau”, el “tacatán” (bongo común), el “quijongo”, el “tuncún” y el “tatil”.

Mántica, en “El habla nicaragüense”, explica que la lengua náhuatl era también onomatopéyica, como “chischis” (el chischil), “cacapaca” (sonar de las chinelas), “tzilín” (sonar de una campanilla), “chachalaca” (de chachalini, parlar, o de chalanqui, canto desentonado), “paparapa” (quien habla mucho y con poco juicio), “piripipí” (mujer chismosa).

Hay onomatopeyas formadas por la imitación del sonido mediante el sonido; una rigurosa imitación por la estructura fonética de la palabra, como se observa en estos ejemplos propios del habla coloquial nicaragüense:

Sólo sos “bla bla” ; cuando entraron los novios, nadie dijo nada, sólo se oía el “güiri güiri” de los vecinos; y cuando se encontró con el tipo “juácata” le dio en el tronco de la oreja; con el “ban ban” se despertó; vivía cerca de la estación del ferrocarril y todas las mañanas oía el “fo fo, foco foco” de la locomotora; no lo vi caer en el lodazal, sólo oí el “chocoplós”; por ir distraído “chumbulum” cayó en la poza; lo tomó del brazo y “pipós, pipós” le dio en la cabeza; me fui a la purísima cuando oí el “pon pon”; me alegré cuando empecé a oír el” charrangachanga” de la guitarra; se empinó el vaso de chicha bruja y se oía el “trucús trucús” al tragar; salió bruscamente y “bangán” dio el portazo; a lo lejos oímos el “bererén, bererén” del trote del caballo; toda la santa misa pasó “güere güere” con su amiga ; cuando le metieron el cuchillo al chancho solo se le oyó el “cuillo”; el muchacho cochino entró en la sala y en medio de toda la gente “ra, ra, ra” se tiró tres pedos.


* Escritor y lingüista.

rmatuslazo@hotmail.com