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Mejor es ir por la sombrita, para no tener accidentes con la vida pública, impúdica. No es conducir despacio lo que determina la postrada realidad, o el peligro de colisionar. Las colisiones no suceden, ocurren. También importa el aire y el viento. Lo necesario es actuar. Lo reflejante es descubrir la pugna entre los que se arrastran sobre las carreteras (los autos) y los sujetos vencidos (los ciudadanos).

Una tercera condición es la salud visual, y si enciende el faro del cerebro al momento de replicar por el impacto. Lo que no suma son los muertos (y sus dolores), los cientos de heridos (y sus muertos).

Mejor es ir por la sombrita, para no partirse el alma, encaramado en el hierro frágil, ni dejar los huesos desnudos sobre el pavimento. En estos días la calma necesita de auxilio. La inestabilidad, de un nuevo carisma. La cosa pública está humeante: ¡Cómo se retuercen los hierros sobre la sangre!

Managua, capital de la paz, tiene sed de alegría. Igual busca infructuosamente entre sus vericuetos quien la salve del enojo y del martirio.

Mejor es ir por la sombrita, para provocar, hacer reflexionar, inducir o quizá apaciguar la tendencia del suicidio. Basta de tolerar la desgracia.

Existe una “cultura” de exaltación del rojo de la sangre que se me escapa. No es posible seguir siendo espectadores en condición de inocentes, siempre dispuestos a sufrir y “gozar” del horrendo espectáculo cotidiano. Es como si aplastara el presente, el hoy ocupado. Con este y otros asuntos no tengo nada en común. Protesto.