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La circunscripción del concepto de “república” desde la antigüedad griega hasta nuestros tiempos es un tema debatible y al que ni el tiempo ni el espacio disponible nos permitirían hacer justicia aquí, incluso si estuviera a mi alcance hacerlo.

Como hipótesis de trabajo y para organizar lo que tengo que decir voy a asumir la de definición de Gregorio Selser en “Honduras, república alquilada” – que tituló así porque los políticos catrachos de la época, que se la hubieran querido vender a los yankees, solo consiguieron alquilársela para atacar a la revolución- (1983 Editorial Mex-Sur, México):

“República es el gobierno de un Estado, independientemente de la forma y el modelo de la conducción de los asuntos públicos que asuma” (está en la contratapa del libro).

Asumiendo después que aquí hay un gobierno y no un desorden (pregúntenle al Cosep o a Raquel Alatorre, la “Reina de las Van”), parece que hay muchos que piensan que aquí habría una república naciendo y otra que se está muriendo.

El modelo de gobernar precedente, el que se está muriendo, a veces reagrupado bajo el término: “los gobiernos neo-liberales”, no nos dejó gran cosa que añorar, porque… ¿cómo añorar al gobierno de gánsteres y somocistas de Alemán? y ¿para qué sacar al gobierno de Bolaños de la piadosa oscuridad en la que nuestra memoria lo ha disimulado?

Por otra parte, aunque el gobierno de doña Violeta Chamorro y su yerno Antonio Lacayo cumplió con la tarea de restaurar la paz para la que fue elegido; razón por la que podría ser añorado cada vez –a ver si podemos evitarlo- que haya guerra en el futuro, nadie puede añorar a gobernantes que enriquecían descaradamente a sus parientes y allegados, por ejemplo pescando cómodamente desde su casa con las licencias pesqueras, un gobierno que vendió alegremente nuestro ferrocarril como chatarra y nuestras playas al mejor postor.

De las repúblicas conservadoras del siglo XIX, mejor no avergoncemos la conciencia nacional evocándolas. Y menos aún a la entreguista restauración de Adolfo Díaz y Emiliano Chamorro; la cual cometió, entre otras y no menores, la ignominia de mezclar con nuestros próceres nacionales al, por lo que sabemos, casi inhumano genocida Francisco Hernández, espuriamente de Córdoba. Honrando para colmo su nombre con el de nuestra moneda, en la ley que fue aprobada en marzo de 1912.

Bueno. No estamos en guerra. Y si debemos juzgar a los arboles por sus frutos: Esa república que se está muriendo o que se murió ya: ¡enterrémosla! Y contribuyamos, en la medida en que los que gobiernan nos lo permitan, a hacer que ésta que está naciendo se parezca lo más que se pueda, al gobierno que nuestro pueblo en lucha se inventó durante la Revolución; apartando nuestros errores conocidos, la guerra y los otros problemas generados por la codicia de sus enemigos extranjeros y el egoísmo o la inconsciencia de los nacionales.

 

* Antropólogo y lingüista. PHD.