León Núñez
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Yo siempre he defendido el principio de que no puede haber democracia en un país mientras no exista democracia interna en los partidos políticos. Don Arnoldo y don Daniel al impedir que se desarrolle un proceso interno de democratización en el PLC y en el FSLN están impidiendo el desarrollo de la democracia en Nicaragua.

Yo creo que es hora de que don Arnoldo y don Daniel se retiren de la vida política partidaria. Si se retirasen harían una enorme contribución a la democracia interna de sus partidos políticos y por ende al sistema democrático que deseamos construir en Nicaragua.

Ya retirados, no deben temer nada. Nadie les va a quitar su libertad ni nadie les va a quitar sus “centavitos”. Y si ellos, en el supuesto caso, desconfiaran de todo esto, hasta podría instrumentarse alguna fórmula legal que les garantice esa libertad y esos “centavitos”.

Yo pienso que quizás la única limitación que podría imponérseles es la prohibición de residir en Managua o en lugares cuyas distancias de la capital sean menores de ciento sesenta y nueve kilómetros. Esta prohibición, que por cierto no debe exceder de dos años, tendría por objeto impedir que don Arnoldo y don Daniel tengan contactos frecuentes con políticos, principalmente con políticos serviles, capaces de “convencerlos” para que regresen a la vida política partidaria a hacer de nuevo de las suyas.

La prohibición de vivir en la capital o a ciento sesenta y nueve kilómetros a la redonda significa que pueden vivir en el extranjero, pero no podrían vivir en Masaya, Carazo, Granada y Rivas. Tampoco podrían vivir en León, Chinandega, Matagalpa, Estelí, Jinotega… No podrían vivir en Boaco ni Juigalpa, pero sí podrían –y los invito- a vivir en Acoyapa, que está a ciento setenta kilómetros de Managua.

Si mi invitación llegara a ser aceptada por Alemán y Ortega, desde ahora les ofrezco toda mi ayuda para orientarlos en Acoyapa, y además les ofrezco mi propia casa de habitación, para que vivan gratuitamente en ella durante dos años. Estoy seguro que se van a sentir muy cómodos, pues mi casa es grande, está situada frente a la plaza y tiene un fresco y hermoso corredor que invita a estarse butaqueando todo el día.

Yo creo que la permanencia de don Arnoldo y don Daniel en Acoyapa los rejuvenecería espiritual, intelectual y físicamente.

El rejuvenecimiento espiritual lo conseguirían asistiendo todos los días a misa, participando en todas las procesiones y cargando las sagradas imágenes, visitando diariamente a las tres de la tarde al Santísimo, asistiendo a velorios y entierros, formando parte de grupos de oración, etc. Volverían a recordar que la vida no es más que un tránsito hacia la otra vida, y que el poder y los “centavitos” no contribuyen en nada a la salvación del alma.

El rejuvenecimiento intelectual les vendría dado por las relaciones de amistad que conseguirían con los analistas políticos de Acoyapa, que yo mismo se los presentaría. Estos analistas, que viven informados de los últimos avances de la ingeniería genética, la biología molecular, la astrofísica, la ciencia política, la literatura, la filosofía, podrían ayudar a don Arnoldo y a don Daniel a enterarse más de la marcha del mundo; de adónde se dirige.

El rejuvenecimiento físico lo conseguirían con sus diarios paseos matutinos y vespertinos sobre la avenida central, que es algo así como la Gran Vía acoyapina. En estas caminatas no se impone ninguna moda. En Acoyapa existe libertad de vestuario. Para caminar con comodidad pueden usar el atuendo que quieran.

En donde no se puede estar vestido como a uno le da la gana es en el aristócrata Club Social de Acoyapa, que fue fundado por granadinos en 1876, fue cerrado por Zelaya en 1907 y fue fundado nuevamente a instancia de los granadinos en 1938. A pesar del peso que todavía tienen en Acoyapa asuntos de linaje, yo me comprometo a hacerlos socios del citado club, para que se den su buena codeada con la nobleza acoyapina, y así puedan ir superando algunos resabios plebeyos que todavía tienen.

Dos años después de permanecer en Acoyapa, y curados de sus ambiciones perpetuas e ilimitadas de poder, podrían regresar a Managua a vivir una vida tranquila, familiar, con sus buenos “centavitos”, rodeados del afecto ciudadano, y con el orgullo de haber contribuido a la democratización de sus partidos y a la construcción de la democracia en Nicaragua.

Nota del autor: este artículo fue publicado en el año 2000, pero si lo hubiéramos redactado hoy tendríamos que incluir, para que también viva dos años en Acoyapa, a don Eduardo Montealegre, en aras de la democratización interna del PLI.