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En su breviario Defensa de la hispanidad (1934), Ramiro de Maeztu influiría en las juventudes hispanoamericanas de los años 30 que optaron por una afirmación hispánica ante dos amenazas —la revolución comunista y el imperialismo anglosajón— en la búsqueda de una respuesta —no liberal ni marxista— identificada con una solución cristiana integral. Históricamente, no se produjo esta; pero entre las ideas que la promovieron en las dos orillas del Atlántico —en España e Hispanoamérica— tuvieron especial relevancia las de Pablo Antonio Cuadra.

A sus 21 años, recién concluida la etapa literaria del movimiento nicaragüense de Vanguardia, Cuadra viajaría a Sudamérica como secretario de su padre, Carlos Cuadra Pasos, uno de los delegados de Nicaragua a la Conferencia Panamericana de Montevideo, experiencia que desarrollaría en su libro Hacia la Cruz del Sur (1936), subtitulado Manual del navegante hispano. Entonces era un militante hispanista y, como tal, amistó con la intelectualidad de Santiago de Chile, Buenos Aires y Montevideo.

De matriz tradicionalista, el pensamiento de Cuadra surgía como reacción contra el humanismo antropocéntrico de Europa y el racionalismo moderno, manifestándose cabalmente en su conferencia “El retorno a la tradición hispana”, pronunciada en el Instituto Pedagógico de Managua, en agosto de 1934. Ahí condenaba el liberalismo: aquella ideología que engendrara por la Reforma protestante y perpetuada por la democracia del siglo XIX, trata hoy de sepultarnos en la anarquía bolchevique. También analiza las tres actitudes de la juventud hispanoamericana de la época: la yanquizante, la indigenista y la hispánica, esta última de hecho una cruzada y una utopía en su concepción de una nueva edad media, de acuerdo con Nicolás Berdiaff, otra de sus lecturas nutricias.

Y acontece la guerra civil en España, y Cuadra, naturalmente, toma partido desde Nicaragua —con otros jóvenes de extracción oligárquica— a favor del bando rebelde o nacionalista, encabezado por Francisco Franco; en concreto: redacta el “Manifiesto de la juventud e intelectualidad nicaragüense a favor de la revolución nacional española” —firmada por 348 personas— y remite, en noviembre de 1936, carta de felicitación al presidente interino doctor Carlos Brenes Jarquín “por el reconocimiento otorgado al general Franco”: Felicitamos a usted calurosamente por el reconocimiento otorgamiento al gobierno de Burgos, representante de la revolución militar, católica y fascista que combate por la cultura hispana en contra de la barbarie de radicales, socialistas, comunistas y anarquistas. El regocijo de su Gobierno por el triunfo de la revolución española, es regocijo propio de la juventud nacionalista y militarista de Nicaragua.

Suscribieron la carta, en este orden, Luis Alberto Cabrales, Diego Manuel Sequeira, Joaquín Pasos Argüello, Pablo Antonio Cuadra, Juan José Zavala, Luis Downing Urtecho, Alberto Ordóñez Argüello, Constantino Lacayo Fiallos, Jacinto Suárez Cruz, Salvador Cardenal Argüello y Edgardo Prado.

En el bando contrario, apoyando la causa republicana, se encontraban líderes obreros, estudiantes de ideología liberal y elementos de izquierda formados en El Salvador, México y Chile. De ahí que su primer libro programático, el referido Hacia la Cruz del Sur —editado por Acción Española de Maeztu— el bando enemigo lo haya sometido al fuego en Madrid el mismo año de su publicación: 1936.

No exenta de forjado y vigoroso estilo, otros tres libros de Cuadra expondrán su pensamiento que impactaría especialmente en la propia España. Además de la segunda edición de Hacia la Cruz del Sur (Buenos Aires, Comisión Argentina de Publicaciones e Intercambio, 1938), Breviario imperial (Madrid, Cultura Española, 1940), Promisión de México y otros ensayos (México, Editorial Jus, 1945) y Entre la cruz y la espada/ Mapa de ensayos para el redescubrimiento de América (Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1946), cuyas ediciones —muy pronto agotadas— se transformarían, como su autor anotara años después, en “incunables de sueños que pasaron a mejor vida”.

Pero en ellos sustentaba el autoctonismo hispanoamericanista de tendencia mestizófila. Al respecto, sostenía: El mestizaje ha convertido a Hispanoamérica en raza universal. Católica… rechazando las tendencias europeísta e indigenista. América comienza en los Pirineos, pero también Europa acaba en la Patagonia —puntualizaba—. Lo malo de los europeístas es que solo se sienten europeos. Lo malo de los indigenistas es que solo se sienten indígenas… Pero ser hispano —delimitaba el concepto— es sentirse europeo en cuanto indigenista. Y sentirse indigenista en cuanto europeo. Es decir, en su imaginario Cuadra admitía dos tipos de mestizaje: el español que se cruza con el indio, hispanizando, es decir, occidentalizando al indio; y el indio que se cruza con el español, venciendo culturalmente al español y sumergiéndole en un Oriente misterioso de su concepción de la vida y del mundo. Él negaba dos categorías más: al español racista y depredador, y al indio irreductible y cavernario.

Más claramente, Cuadra especificó: …lo que llamamos tradición cultural hispánica no es lo puramente español de España, sino lo español en que se injertó lo indio, lo español con una larga tradición indígena, con una definitiva y sustancial sumersión en la americanidad… Lo indígena es el crisol en la cual la Hispanidad católica fraguó nuestra universalidad. Así, pues, tradición hispana llamo yo a la tradición mestiza, a esa línea trenzada de sangres y culturas, que viene orientando su ruta y su linaje —desde la conquista— por la segura brújula greco-romana-católica.

 

* Escritor