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De acuerdo con su origen (del griego: étymon ‘verdadero’ y logía ‘estudio’), “etimología” significa la búsqueda del sentido fundamental que sirve, como dice Jean Dubois, para “averiguar la verdadera naturaleza de las palabras”. Con base en este criterio de la lingüística moderna, la etimología va más allá de la búsqueda de la raíz de una o más palabras: sigue el curso de cada palabra a lo largo de un período dado, determinando sus relaciones con unidades más antiguas, hasta llegar a su sentido actual. Y es que, como afirma Bréal, “nos interesa conocer la vida y el carácter, además del papel que han desempeñado en los acontecimientos de su tiempo”. Es, entonces, tanto la historia de una palabra como el estudio de la historia de esa palabra.

Un ejemplo que ilustra el punto de vista de la lingüística moderna es el sustantivo “álbum” (del lat. ‘encerado blanco’). Antiguamente designaba la tablilla blanca o encerado blanco para las inscripciones expuestas públicamente a través de las cuales los funcionarios romanos daban a conocer sus edictos al pueblo. Luego, el vocablo evolucionó semánticamente y pasó a significar libro en blanco destinado a escribir composiciones breves o servir de apoyo para guardar fotografías, tarjetas y similares. Hoy, como se sabe, un álbum no es necesariamente blanco.

Lo anterior se refiere a la etimología culta, la de los filólogos, los especialistas en estudiar y reconstruir una cultura a través del análisis de la lengua tal como se manifiesta especialmente a través de los textos escritos. Pero hay también una etimología popular, que consiste en que el hablante apoyado en algunas semejanzas formales, busca consciente o inconscientemente en una palabra una asociación con otra con la que no tenía ninguna relación genética. Por eso un lingüista ha propuesto muy apropiadamente, aunque tarde por el uso difundido del otro, el término “etimología asociativa”.

Menéndez Pidal agrega que la etimología popular es una especie de cruce de palabras (de ahí también el nombre de “etimología cruzada”) que procede de un error de interpretación (de ahí también el nombre de “falsa etimología”) de una de ellas, ya que “el que habla cree equivocadamente que entre ellas hay una conexión etimológica”. El caso de “vagamundo” es un buen ejemplo. “Vagabundo” es una voz culta de origen latino, vagabundus (adjetivo) ‘que anda errante de una parte a otra’. ¿De dónde resultó “vagamundo”? Por asociación. Los hablantes le buscaron sentido a la terminación y lo encontraron en la palabra “mundo”, con lo que alteraron la estructura de la forma culta y resultó “vagamundo”. Hoy tenemos también el verbo “vagamundear”. Por eso nos recuerda Menéndez Piral que “las palabras más usuales y corrientes de la lengua las pronuncia el que habla viendo en ellas íntimamente encarnada su significación”.

¿Cómo opera la etimología popular en nuestro medio? Veamos. Un tejido o tapiz que cubre el piso el hablante nica lo llama “alsombra” (y no alfombra, un arabismo), porque lo asocia con una palabra conocida: “sombra”. En verdad, el desconocimiento del origen etimológico lo lleva a emplear vocablos que tienen más lógica con la estructura que con su origen. Si una bomba expulsa gases que producen lágrimas (del latín lácrima), el sano entender de los hablantes lo lleva a concluir que se trata de una bomba “lagrimógena”. O el caso de plantar árboles que para el nica es “arbolizar” y no arborizar: él desconoce el origen latino arboris, pero sabe que planta un árbol y no un “arbor”.

Las catacumbas son los ‘subterráneos en los cuales los primitivos cristianos, especialmente en Roma, enterraban sus muertos y practicaban las ceremonias del culto’. ¿Cómo las llama el nica? “Catatumbas”. ¿Por qué? Porque las asocia con “tumbas” como la palabra “ultratumba”. Otro ejemplo: el bazuquero no es un borracho consuetudinario, un latinismo desconocido para el hablante común. Como se trata de un bebedor que ha hecho de la ingestión de licor un hábito, una costumbre y tiene generalmente su “lugar” o sus “lugares” donde consigue el chimiscolazo, es decir, tiene su “itinerario”, entonces lo llama bebedor “consuitinerario”. Fíjese usted: un hablante no tiene por qué saber que “semáforo” es un compuesto griego: sema, señal y foro, llevar, es decir, el aparato portador de una señal. No. Nuestros hablantes simplemente encuentran la explicación en una palabra conocida, “faro” con la cual la asocian, por eso dicen “semáfaro”.

La etimología popular (más viva, más operativa”, dice el profesor Orr) es uno de los aspectos interesantes de la semántica y uno de los factores importantes en el cambio del significado. Ullmann afirma que “las ideas del hombre ordinario acerca de la derivación de las palabras son un hecho lingüístico digno de la atención del filólogo, incluso cuando contradicen su propio conocimiento de las etimologías”.

 

* Escritor y lingüista

rmaltuslazo@hotmail.com