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Es parte natural de la vida avanzar hacia un deterioro de la salud, aunque a ritmos individuales distintos y con diferente gravedad en los achaques. Ello, que es tan humano, se convierte, inconcebiblemente, en una sorpresa mayúscula cuando quien enferma gravemente se considera a sí mismo un predestinado, superior a los simples mortales.

La enfermedad, en tal caso, parece a sus seguidores una trampa, un contrasentido cruel, tratándose de un líder político, para ellos, invencible.

La lucha por restablecer su salud se enfoca religiosa y emotivamente, más que apegados a la capacidad científica de la medicina. Como si para tal enfermo, obtener una mejoría en su salud significase una victoria de la nación, y no un simpe avatar del destino humano, plagado, por su naturaleza, de incertidumbres.

Tanto el líder como sus seguidores recurren con fanatismo a todo tipo de espiritualidad, queriendo restablecer la salud del dirigente político en virtud de una idealizada complicidad de todas las divinidades con su conducción mesiánica.

Una enfermedad natural, a través de lo sobrenatural, se une también al culto mítico a la personalidad, frontalmente contrapuesto al proceso social de una revolución colectiva.

Un caudillo se esmera en volverse insustituible, y centra su atención en perpetuarse en el poder más que en la prevalencia de un sistema social. De manera, que su crisis personal, se convierte en crisis traumática del poder, que pone en aprietos al aparato burocrático que gira a su alrededor como a un eje.

Chávez, en esta línea obsesiva de índole personal, llegó a redactar una Constitución que no prevé que en caso el presidente sufra un percance natural que lo inhabilite para ejercer el cargo, el vicepresidente finalice su período. El país, en el caso de Venezuela, debe recurrir, ante la imposibilidad del mandatario de asumir el cargo, a nuevas elecciones generales, para designar, en menos de 30 días, un nuevo presidente.

La enfermedad de Chávez, en lugar de desarrollarse en el ámbito humano, sin consecuencias traumáticas para el país, se convierte en un colapso estructural del chavismo, dada la fragilidad fundamental de su sistema absolutista, esencialmente emotivo, más que político.

En política, desde la óptica revolucionaria, el dolor frente a la desventura personal debe siempre inspirar respeto, cuando se supedita lo individual a lo social. El discurso político revolucionario no puede fundarse en lo sobrenatural, sino, por el contrario, en las luchas sociales que apuntan hacia la conquista de sueños de igualdad, que yacen como una ilusión en el inconsciente colectivo de los marginados.

La enfermedad de Chávez revela la fragilidad de su sistema político discrecional, unipersonal, en el cual prevalece que su partido deba orientar a las masas a rendirle tributo al comandante enfermo. Así, en lugar de un partido de combate al que acuden las masas para llevar adelante –con independencia de la suerte individual de cualquiera- un programa de transformaciones económicas necesarias para desarrollar la producción nacional y eliminar los privilegios, tenemos una corte imperial inviable que no puede garantizar con coherencia la sucesión del monarca mesiánico.

Si no se avanza hacia un gobierno de transición (en virtud del sistema electoral), el sucesor real de Chávez dentro de este sistema viciado por el caudillismo tendría que abrirse camino por méritos propios, adquiridos dentro de la lucha burocrática por el poder que se abre en el chavismo.

 

* Ingeniero eléctrico