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Fueron casi dos décadas que España vendió al mundo que había sucedido un milagro: salir del subdesarrollo. Se adjetivó como “el milagro español”, sin embargo, este proceso carecía de legitimidad política. Aunque sus élites se esforzaron por mitificar que ya se había dejado atrás la España rural y caciquil de posguerra. La visión lúgubre de un país inconexo, autárquico y fuera del orden mundial fue sustituida por una España alegre, moderna y emprendedora.

La población sentía que el franquismo era pasado. El pleno empleo se acariciaba y la clase obrera industrial accedía a la vivienda social, crédito privado, educación… Se edificaba un sistema de salud que iba cubriendo poco a poco a la población.

La etapa de beneficencia, pobreza extrema y exclusión era reminiscencia. Las relaciones socio-laborales entraron en un periodo de poca conflictividad, aunque se mantuvo la represión. Los contratos daban seguridad al trabajador, impedían el despido arbitrario y sujetaban al empresario a estrictas normas de negociación colectiva.

Los sueldos subían en proporción al coste de la vida. Las desigualdades disminuían y muchos pudieron acceder a una vivienda de protección oficial. Sus hijos podían incorporarse a la universidad y la política diseñada de familias numerosas comenzaba a dar frutos.

La demanda educativa aumentó. En 1957 había 64 mil 281 estudiantes universitarios, en 1968 la cifra se disparó a 139 mil 266; y en los ochenta se triplicó. Nuevas universidades, más becas, más profesores, mejores sueldos y sobre todo control político.

Se dio una inmensa migración del campo a la ciudad. De casi 30 millones de españoles, entre 1961 y 1969 cambiaron de residencia unos 3.5 millones de personas. De ellas un millón abandonó poblaciones de menos de 10 mil habitantes; casi 300 mil pasaron a engrosar ciudades de 10 mil a 100 mil habitantes, y cerca de 800 mil buscaron asentarse en ciudades de más de 100 mil habitantes.

La población activa creció un 7.8 por ciento entre 1964 y 1969. El ascenso social fue posible y España pasó a integrarse a las sociedades de clases medias.

La meritocracia, las reformas de acceso a la función pública, la perspectiva institucional y menos política, hicieron que los gobiernos se definieran como tecnócratas.

La sociedad española debía creer en la instauración de una monarquía parlamentaria, apoyada en la democracia representativa; era fuente de progreso. Las clases medias se sintieron arropadas, compraron el discurso. España seguía por la senda del progreso.

¿Qué sucedió? El neoliberalismo se adueño de las élites dirigentes. Unos y otros se hicieron eco de las críticas al Estado de bienestar y comenzaron a destruir lo poco que de forma paternalista hizo el franquismo.

El sector público se privatizó. Se impuso la categoría de rentabilidad gerencial en sanidad, educación, construcción social y servicios de atención primaria.

En la política, el marketing electoral sustituye el debate ideológico. El ciudadano se esfuma. No hay electores, sino consumidores.

Hoy España es una sociedad dual: el subdesarrollo social, económico y también político es la consecuencia de la fiebre liberalizadora. Los índices de pobreza, exclusión social, marginación, desempleo, pérdida de derechos laborales, sindicales o culturales están en todas las estadísticas. Y lo peor, siguen aumentando.

A diario las entidades bancarias, Santander, BBVA, las cajas privatizadas, desahucian a 535 familias. Familias enteras viven en la calle. Son al menos 2 mil personas al día. Sin embargo, existen 3 millones de apartamentos vacios. La élite política y los bancos se hacen de la vista gorda.

Hoy, miles de jóvenes y familias emprenden, como durante el franquismo, el éxodo. Alemania, y América Latina se convierten en su destino preferido. El milagro español resulto ser una falacia. Bienvenida nuevamente España al subdesarrollo.

 

* Historiador y doctor en Derecho Administrativo. Universidad de Salamanca, España.