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No siempre las relaciones en la pareja son buenas y sucede que, de común acuerdo, deciden separarse. Aún si toda separación deja sus secuelas, emocionalmente, ésta es la mejor forma de tomar una decisión: por ser paritaria y porque ambas partes se sienten protagonistas de su propia historia para empezar de nuevo, una vida cotidiana diferente. Hay un consenso en continuar cada uno su propio camino.

Pero no siempre sucede así. A menudo las separaciones pasan sólo por la decisión de una de las partes. Generalmente, quien la toma se siente más segura y con mayores posibilidades de superar esta ruptura; mientras que la otra, se siente herida y derrotada preguntándose a menudo qué paso, probando en gran medida, sentimientos de culpa.

No me refiero a los casos de personas que sienten la separación como una liberación de alguien que las explotó o las maltrató, ya que son casos particulares y que, aún así, crea a veces un sentimiento de culpa sobre todo en la mujer.

Me concentraré sobre este aspecto: los sentimientos de culpa. Es de preguntarse por qué se prueban estos sentimientos que non son sanos ya que con la culpa no se resuelve, sino con la responsabilidad.

En toda relación de pareja –omitiendo los casos de maltrato y explotación-, la responsabilidad es compartida 50% y 50% por cada una de las partes. Si algo falla, la responsabilidad es de los dos: porque no hubo suficiente comunicación, porque los problemas no fueron afrontados a tiempo, porque las decisiones tomadas no fueron las acertadas, etc.

Es bueno pensar en la co-responsabilidad de una relación y por lo que respecta al propio 50%, empezar a reflexionar sobre uno mismo, los errores cometidos para pedirse perdón, ver los logros alcanzados.

Hace bien cerrar este balance en sentido constructivo y, sobre todo, hace bien darnos perdón por ser imperfectos. Aceptarnos por lo que somos y darnos tiempo suficiente para superar este duelo de la separación.

La culpa nos regresa al pasado que ya no se puede cambiar. La responsabilidad nos llama al presente y al futuro. Somos responsables de nuestros hechos y, por consiguiente, tenemos la posibilidad de realizar nuestra vida de manera diferente. Después de todo, somos protagonistas de nuestra historia y el modo de continuarla depende sólo de nosotros, no de los demás.

Vivir en el pasado diciéndose “si yo hubiera... “, no sirve, hace daño, deprime. Lo que pudimos haber hecho y no lo hicimos, ya pasó, no se puede cambiar. Se puede sólo aprender de ello para ser hoy mejores.

Es bueno reaccionar, hablarse al presente y mirar alrededor para darse cuenta que el mundo sigue adelante, con o sin nosotros. Pero desde el momento que todavía aquí estamos, vale la pena hacer el intento para probar a vivir mejor, con más serenidad y armonía y ser lo que queremos ser. Este es el mejor momento.

 

* Doctora en Psicología Clínica.