•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Los revolucionarios nicaragüenses tenemos una deuda que trataré de remediar. Al final, Oscar Niemeyer estaba cansado, después de un mes en el hospital. No se le oía la voz. Murmuró a su mujer: “Vera, estoy aburrido de esta habitación toda blanca. Quiero volver ya al estudio. Tengo mucho trabajo por delante. Todo lo que quiero es un café y una empanada”. Se quedó quietecito y el miércoles 5 de diciembre se murió. Faltaban 10 días para sus 105 años.

Icono de la arquitectura contemporánea. Creó más de mil proyectos. Unos 600 realizados. Cambiaron el paisaje en Argelia, Italia, Francia, Brasil, Estados Unidos y España. Fue el arquitecto de los desafíos. Diseñó líneas imposibles, formas libres y sueltas en el espacio, buscó equilibrios inexistentes. Para él, la arquitectura era invención o no era nada. Desconoció la dureza de la materia. Quiso doblarla, impregnarla de una audacia desconocida. Y lo hizo, persiguiendo la gracia y la levedad.

La más conocida de sus obras es Brasilia. Allí está la síntesis de lo que había diseñado antes y el inicio de lo que diseñó después. Niemeyer dijo siempre que era una arquitectura diferente de la anterior. Los palacios pueden gustar o no, tal vez han visto mejores pero nadie puede decir que no son diferentes.

Contaba que construir una ciudad fue fantástico hasta el día de la inauguración, que el sueño se acabó. No subió al palco con las autoridades: se quedó abajo, con los peones que habían trabajado para construir una ciudad donde no podrían vivir. El mundo soñado era imposible.

En las obras que esparció por el mundo aparece nítida la obstinación con que persiguió lo nuevo y la asombrosa capacidad de inventar espacios cada vez más amplios para los osados vuelos de su imaginación, para su persistencia en desafiar lo imposible.

Los arquitectos de varias generaciones, los estudiosos y teóricos de la arquitectura dedican océanos de tinta para analizar su obra y develar sus misterios. En su pequeño e íntimo despacho en los fondos de su estudio de Copacabana, donde recibía a los amigos más allegados, había más de 80 libros sobre su obra, en muchos idiomas. Nunca los leyó. Una vez dijo con una sonrisa entre pícara y melancólica, que le gustaría ser recordado en las enciclopedias con una frase corta: Niemeyer, Oscar: brasileño, arquitecto; vivió entre amigos, creyó en el futuro.

Decía que la arquitectura, en última instancia, no tenía ninguna importancia. “Importante es la vida, los amigos, la mujer amada y la necesidad urgente de cambiar este mundo injusto.” Trabajó hasta el final. A sus 104 años de vida seguía llegando todos los días al estudio y cuando le preguntaban por qué continuar trabajando a esas alturas de la vida, la respuesta era siempre la misma: “El trabajo me distrae. A mi edad, más vale estar ocupado para no pasar el tiempo pensando tonterías“.

Algunas tardes se quedaba solo, en su despacho, repasando la vida e imaginando lo que vendría. Contaba: A veces, el pasado aparece y recuerdo a mis hermanos, a los amigos perdidos para siempre y entonces una tristeza mansa y silenciosa me invade. Otras veces, lo que irrumpe es la miseria del mundo, esa miseria inmensa que los más ricos aceptan indiferentes.

Esa obstinación, la necesidad de cambiar el mundo, quedó registrada en la pared de su estudio, escrita con su letra firme y vigorosa: Cuando la vida se degrada y la esperanza huye del corazón de los hombres, la revolución es el camino. Cuando la dictadura militar lo detuvieron y un inquisidor quiso saber cómo pretendía cambiar la arquitectura. Con serenidad, Niemeyer contestó: No quiero cambiar la arquitectura, lo que quiero es cambiar esta sociedad de mierda. Fue fichado como correspondía: subversivo del más alto grado. También así rebelde, inconforme lo recordaremos.

Dijo: La vida es un soplido. Están los que aseguran que después de que me muera vendrán otras personas a ver mis obras. Pero esas personas igual morirán. Y vendrán otras y otras, que también morirán. La inmortalidad es una fantasía, una manera de olvidar la realidad. Y si la vida es un soplido, había que vivirla a fondo y a cada segundo. Lo único que importa mientras estemos, es abrazar a los amigos, buscar ser feliz. Y cambiar el mundo. Eso y nada más.

Así vivió y así murió. Depositemos una rosa roja sobre su tumba.

 

* Docente universitario.