León Núñez
  •   Managua, Nicaragua  |
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Yo le tengo terror a la muerte y a los sufrimientos que podrían antecederle. Le tengo miedo a las enfermedades. A los diagnósticos equivocados. Me causan pánico los médicos que aprobaron patrióticamente sus clases cortando café. Todos mis terrores, miedos, pánicos y temores, se ponen a punto de explotar, cada vez que me cuentan que fulano de tal murió por impericia médica; que zutano fue operado y sigue mal…

Todo esto me hace recordar los sustos que me han hecho pasar algunos médicos en Nicaragua. Han sido sustos terribles. Recuerdo que hace varios años estuve “calentureando”. Mi cuñado, el doctor Otto Escorcia, el marido de mi hermana Vilma, me recomendó que consultara en León con un genio de la medicina interna. Después de las radiografías y de los consabidos exámenes de sangre, el médico me disparó a boca de jarro un letal diagnóstico: cáncer en el mediastino, un linfoma maligno.

Aterrorizado le pregunté por el tiempo que me quedaba de vida: de seis a ocho meses, fue su fúnebre respuesta. En Estados Unidos me dijeron que el diagnóstico era desafortunado, que la equivocación tenía una sencilla explicación: que ni el médico ni el radiólogo sabían anatomía; que habían confundido el cayado de la aorta con un tumor.

Yo no tengo la fórmula para reducir en Nicaragua tantas muertes por equivocación. Tampoco cuento con algún plan que haga posible la reducción de tantos diagnósticos equivocados. Yo no ignoro que las equivocaciones médicas se dan inclusive en los Estados Unidos, pero en Nicaragua, tales equivocaciones, son tan numerosas, que es necesario, de manera urgente, que las autoridades correspondientes hagan algo. Yo no sé lo que debe hacerse. Pero hay que hacer algo.

Yo creo que las equivocaciones más graves son aquellas que causan la muerte del paciente. Pero también no deja de ser grave la equivocación de un médico que a uno lo hace sufrir y gastar por una enfermedad que no padece.

Posteriormente, “sufrí” una radiografía de la columna vertebral. Todavía no hacían en Nicaragua densitometrías óseas. Llevé la radiografía al médico. Diagnóstico: osteoporosis profunda generalizada. El médico, después de explicarme detalladamente esta enfermedad, concluyó gráficamente diciéndome que mis huesos estaban como si hubieran sido hechos de cáscara de huevo; que la osteoporosis era la causa de mi dolor en la espalda.

Estuve varios días comportándome con mayores cuidados, con mayores precauciones, que las que observó el “Licenciado Vidriera” de Miguel de Cervantes. El Licenciado se creía hecho de vidrio. Pensaba que podía romperse en pedazos. Era un esquizofrénico. En cambio, yo, sin estar enfermo de la mente, llegué a creer, y no por parecerme al “enfermo imaginario” de Moliere, sino por obra y gracia del radiólogo y del traumatólogo, de que mi estructura ósea estaba hecha de cáscara de huevo.

También llegué a pensar, al igual que el “Licenciado Vidriera”, que podía deshacerme en pedacitos. Fui tan precavido que durante dos semanas ni siquiera acepté que se me saludara con un apretón de manos. Pasé varios días sin dormir.

Aunque no es traumatólogo, fui a visitar al doctor Elías Vega. Me recomendó que suspendiera inmediatamente el tratamiento que me habían recetado para “detener” la osteoporosis, y que fuera a Estados Unidos o a Costa Rica a hacerme una densitometría ósea. Inmediatamente viajé a San José. No tenía la tal osteoporosis. Mis huesos fueron encontrados en buenas condiciones. Otro diagnóstico equivocado.

Yo admito que una equivocación hasta podría ser disculpable tratándose de un caso patológico muy complicado. Pero en mi situación, la equivocación, tal como me dijo el médico costarricense, fue demasiada burda. Después de estos casos decidí escribir este artículo con el ánimo de llamar la atención de los que pueden hacer algo para “atenuar” tantas como lamentables equivocaciones.