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Marcados por el triunfo de la Revolución Cubana, diversos intentos armados se organizaron en Honduras y Costa Rica para derrocar al gobierno de Luis A. Somoza Debayle (1957-1963). El del 11 de noviembre de 1960, planeado por Indalecio Pastora, es uno de ellos; pero la crónica histórica no la ha referido completa, limitándose a las acciones de uno de sus frentes internos: los cuartelazos de Jinotepe y Diriamba, encabezados por los hermanos Edmundo y Fernando Chamorro Rappaccioli.

En realidad, los hechos del departamento de Carazo estaban vinculados a un plan mayor: los rebeldes antisomocistas también atacarían por el Norte y en el Sur: por el puesto fronterizo de Peñas Blancas. Solo el último se intentó. Leonel Cabezas —que sobrevive— y Carlos Duque Estrada (1939-2002), fueron respectivamente el comandante y el jefe del estado mayor de esa cuatro decenas de hombres, autoidentificados como Batallón Sandino. Ambos no habían cumplido los 21 años.

En este libro se narran, en forma novelada, los antecedentes, el desarrollo y las consecuencias de su principal acción —una balacera— la noche del 10 de noviembre de 1960 en el rancho del baqueano costarricense Andrés Sevilla, a cuatrocientos metros de la frontera con Nicaragua. Allí pereció el jefe de la Guardia Civil de Costa Rica, Alfonso Monge Ramírez.

Pues bien, Eduardo Duque Estrada —hijo de Carlos— se dio a la tarea de compilar toda la información posible sobre el evento político militar, incluyendo los expedientes judiciales que Douglas Carcache, periodista con bagaje narrativo, recrea y complementa realizando entrevistas a los sobrevivientes y familiares. Se trata pues de un notable rescate histórico.

Pero también de un verdadero homenaje filial. Este es el origen de Los rebeldes de noviembre, episodio que valía la pena difundir en todos sus detalles y a través de sus protagonistas, como Carlos Duque Estrada, recordado por sus compañeros de aventuras como brioso, fraternal e idealista.

Desde luego, Eduardo Duque Estrada completa estas páginas con una semblanza de su padre, cuya presencia en su vida fue constante. “Nos llevaba a todas partes y siempre estaba pendiente de nosotros. Nos inculcó el amor por el deporte, principalmente el béisbol, además de la cacería y la pesca. De esta última, recuerdo nuestros viajes desde Las Peñitas hasta Salinas Grande a través de los esteros y manglares, cazando garrobos inmensos y pescando con bombas de mecha y con cañas. No éramos muy verdes en esa época. Mi padre rentaba los servicios de un par de pescadores locales, quienes nos llevaban en una canoa de motor por ese trecho, un día de ida y uno de vuelta. Acampábamos en tiendas de campaña en la costa de la reserva Isla Juan Venado”.

Y continúa: “A través del béisbol logramos compartir incontables sábados y domingos juntos. Gozaba inmensamente viendo a sus hijos jugar. Financió de su propia bolsa todos los equipos en que jugamos. Construyó un terreno de juego para pelota infantil dentro de la finca que alquilaba en La Ceiba, León, y compró útiles para dos equipos compuestos en su mayoría por hijos de los campistos y cortadores de algodón, además de unos cuantos amigos del colegio. Jugábamos todos los sábados y él siempre era el mánager de nuestro equipo. Además, jugábamos contra otros equipos, incluidos sendos juegos contra los campeones nacionales “Yankees” de Chinandega y la selección nacional infantil de Nicaragua, ¡ganándole a ambos! Al llegar a Costa Rica exiliados, en 1979, nada cambió. Pasamos a jugar a San Francisco de Dos Ríos y mi padre siguió apoyando con su tiempo y su dinero a los equipos por muchos años más. Pero no sólo invertía su tiempo personal en sus hijos, sino que también sacrificó su confort para que nosotros pudiéramos tener una buena educación”.

Yo aplaudo ese rescate y ese homenaje. En el primer caso, por su valor histórico; en el segundo porque Eduardo Duque Estrada cumple con “el deber más santo de los que sobreviven: honrar la memoria de los desaparecidos”, según Ausonio.

 

* Escritor.