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Dicen que la muerte viaja en nuestras entrañas. En la cutícula de nuestras uñas, adherida a nuestro cuerpo como una alimaña peligrosa, capaz de quitarnos la vida en un suspiro.

La muerte. ¿Quién piensa en ella? Casi nadie. En medio de los afanes y aspavientos de la vida cotidiana, es un personaje subterráneo, casi ausente de nuestra agenda personal. Es invisible. Pasa desapercibida en la multitud. Aunque tiene su reloj biológico y su propio calendario, y cuando quiere se apodera de nosotros sin consultarnos.

En algunos momentos de nuestra existencia, quizás sin pensarlo, la ignoramos y la medicina y la ciencia nos crean la ilusión de que somos casi inmortales. Entonces nos abocamos a nuestros afanes y dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a nuestros proyectos, hasta que la muerte nos guiña un ojo para recordarnos que el tiempo es finito y que el viaje hacia lo desconocido es ligero.

Ustedes se preguntarán por qué escribo sobre la muerte. Debo confesar que es un tema que siempre me ha apasionado, a tal grado que es uno de los mitos que nunca he logrado explicarme.

No me van a creer, pero casi todos los días pienso en la muerte. Obviamente, la detesto y trato de ignorarla. Pero la vida me la recuerda a cada instante. En cada enfermedad incurable que de repente se revela, en cada accidente de tránsito que vemos en la TV, en cada desastre natural impredecible el espectro de la muerte deambula y circula diariamente con total impunidad. No descansa ni duerme. Sólo selecciona con azar deliberado y quizás divino a su víctima, o al que le toca su turno.

La otra vez, en una conversación con un amigo de la infancia, éste me preguntaba si creía que existía otra vida después de la muerte. Inmediatamente le respondí: “No creo. Y si existe algo, sólo Dios lo sabe”.

Efectivamente, la muerte es un misterio indescifrable para los seres humanos. Muchos, en estado de agonía, o de coma, cuentan haber visto un túnel y una luz blanquecina luminosa que lo eclipsa todo, y allá lejos, a sus seres queridos fallecidos. Otros creen que la materia se transforma, y que cuando mueres te reencarnas en animal o planta.

Yo creo que la muerte tiene rostro humano. Este amigo me decía que es un camaleón que se transforma en hombre, niño, mujer. A veces puede estar sentada a nuestro lado, leyendo el periódico mientras espera el bus, o fumándose un cigarro mientras te observa de pies a cabeza, con aire desafiante. También podría ser una mujer bonita, de mirada indescifrable, que encuentras en la calle pero al llegar a la esquina se desvanece como una sombra.

Confieso que le temo a la muerte y la veo a diario encarnada en un amigo, en un personaje, en un hombre de la calle, y me espanto de verla cada vez más cerca, íntima, rondando mi casa, metiéndose en mi agenda, revisando a veces mi closet, abriendo el refrigerador y sentándose en el asiento del carro.

Pareciera que me quisiera decir algo o que su sola presencia significa algún mensaje. La otra vez que pasé cerca de ella me quedó viendo con unos ojos de compasión. Entonces pensé que aún no estoy en su lista ni en su bitácora de vuelo. Pero sé que andaba buscando desenfrenadamente a alguien, tal vez parecido a mí, pero afortunadamente no era yo.

Quisiera terminar recordando un verso del escritor italiano Cesare Pavese, donde afirma que para cada uno de nosotros la muerte tiene una mirada. Ojalá que cuando la muerte me busque, me muestre una mirada compasiva y misericordiosa, semejante a la de Dios.

 

* Periodista y escritor / felixnavarrete_23@yahoo.com