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Siguiendo una línea que ha marcado a sangre y fuego su política antiterrorista de los últimos lustros, los militares argelinos decidieron asaltar el jueves la planta gasística de Tigeuntourine, cerca de In Amenas, en el sureste del país, donde un grupo próximo a Al Qaeda había secuestrado la víspera a más de 40 trabajadores extranjeros y varios centenares de argelinos.

Hay confusión sobre el número de muertos entre los rehenes y los secuestradores. Pese a la diversidad de nacionalidades entre los primeros, y quizás incluso de los segundos, Argelia actuó a su manera, para irritación manifiesta de varios gobiernos.

Es difícil precisar si el ataque, por aire y por tierra, se produjo antes de plantear siquiera una negociación, o cuando los secuestradores intentaban salir del recinto hacia el desierto. En todo caso, parece una reacción precipitada por parte de las autoridades argelinas, que se ha saldado con un baño de sangre.

La brigada Al Muthalimin había reinvidicado este secuestro masivo. Este grupo vinculó el secuestro de la planta a la intervención francesa en el vecino Malí, lo que demuestra que lo que está ocurriendo ahí es problema de todos, y no solo de Francia, que está actuando sin un apoyo claro ni de Argelia ni de sus socios europeos.

Estos se comprometieron el jueves en Bruselas poco más que a acelerar la misión en ciernes: 450 militares para formar y entrenar a las fuerzas malienses. La UE no está a la altura de las circunstancias. Tras lo sucedido, la intervención en Malí ha cobrado aún mayor importancia.