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Cuenta Mario Vargas Llosa en una parte de su largo y fascinante ensayo, América Latina y la opción liberal, que entre los años 1945 y 1948 gobernó el Perú un destacado jurista, el doctor José Luis Bustamante y Rivero. “Escribía él mismo sus discursos en un castellano castizo y elegante, era de una honradez escrupulosa y tenía la manía del respeto a la Constitución y a las leyes, a las que citaba, vez que abría la boca, para explicar lo que hacía o se debía hacer. La oposición lo bautizó: el co-jurídico. Es decir, un idiota que cree que las leyes tienen importancia, que se han hecho para ser cumplidas”. Según Vargas Llosa, el apodo prendió rápidamente en el pueblo.

En nuestros países existe la tradición de tener constituciones con los más altos principios del derecho político; todas las garantías imaginables a las que puede aspirar un ciudadano y las normas más avanzadas para el buen funcionamiento de un gobierno democrático, sin embargo, curiosamente no se cumplen.

Al ciudadano que confía y cree en el sistema y las instituciones del Estado, se le considera un tonto, pues el “vivo” es aquel ser inescrupuloso y audaz que se llena los bolsillos robando, se burla de la justicia y al final no le ocurre nada. ¡Es un gran vivo, pues!, dice la gente.

El “vivo” puede ser un alto funcionario, un político o un simple ciudadano. En la jerarquía económica la viveza da dividendos. En la política, privilegio y acomodo. En la intelectualidad, prestigio. El “vivo” es el que obtiene los premios y reputación sin méritos propios, basándose en intriga y el servilismo, sin la excelencia personal y espiritual que potencia legítimamente lo que se logra. El ideal es único e inconfundible: ser “vivo”: madrugar antes que lo madruguen.

Como lo describe el sicólogo argentino Julio Mafud, “el “vivo” nunca cree ni creyó en la honestidad ni en la justicia... El cree in mente que si no jode, lo joden. Por tal causa cree que todos los medios son buenos para conseguir sus fines... su interés justifica y legaliza todo”.

El “vivo” es bien visto por el consenso general de la población; es admirado. Cuando una madre o un padre, mira a un “vivo” por las calles, le susurra en el oído a su hijo: ¡No seas baboso! ¡Avívate! ¡Toma cábula! El “vivo” es el paradigma, el triunfador.

Toda la acción del “vivo” está encaminada a violar o burlar lo prohibido, lo convencional, con el objetivo de sacar provecho. “¡Total, si no robo yo, robará otro.. Después de mí, el diluvio!”, suele decir con asiduidad.

El “vivo” quien logra vencer mintiendo, intrigando o siendo servil. Gran parte de su tiempo lo utiliza en la colección de contactos que puedan ayudarle al tiempo de necesitarlos. José Hernández, en su obra “Martín Fierro”, escribió: “siempre es necesario tener un palenque donde ir a rascarse”.

Esta incultura del “vivo” -incrustada profundamente en la sociedad nicaragüense- lleva al extremo de considerar la honestidad como una actitud infravalorada, y a la ley como una escenificación lúdica. La falta de respeto a las instituciones y a la legalidad crea en la sociedad un estado de incredulidad, de temor frente a los demás, de impotencia y angustia que impide la formación de un espíritu solidario y fraterno. La actitud complaciente hacia el “vivo” pone en crisis la cohesión de la sociedad democrática.

Este comportamiento se incrementa cuando los “vivos” ejercen la función pública, ya que no se sienten obligados a respetar las normas por ellos mismo creadas, si afectan sus intereses; todo lo cual se traduce en la sensación de inseguridad, injusticia, indiferencia y repudio del ciudadano hacia sus gobernantes.

En un sistema democrático la verdad debe ser la regla que no admita excepciones, porque es la base de la justicia. No debe aceptarse el engaño como metodología para triunfar; la ley debe ser respetada por todo, como elemento caracterizador del Estado del Derecho, y en función de ello se tiene que rechazar toda salida tramposa que pretenda degradar la vigencia y credibilidad de las normas fundamentales.

Se deben denunciar las trampas y requerir justicia y castigo para quienes no respeten los derechos, los valores y los mecanismos propios del sistema, más cuando los responsables ejercen funciones de gobierno.

En un país donde hay muchos “vivos”, o en todo caso, en donde todos se creen “vivos”, siempre existe un clima de desconfianza, inseguridad, confusión y anarquía, que como resultado trae una desastrosa y precaria vida económica, social y política.

 

* Historiador y doctor en Derecho administrativo. Universidad de Salamanca, España.