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La “comida rápida” es con frecuencia “comida chatarra”. Busca la velocidad, para reducir el tiempo en preparar e ingerir los “alimentos”, es consecuencia del aumento del rendimiento productivo y financiero del sistema económico y social decadente que absorbe a las generaciones del último siglo trayendo consecuencias irreparables en la vida humana y la salud individual y social.

El pollo o la carne de res que a veces comemos, proviene de animales que han sido sometidos a un proceso acelerado de engorde y crecimiento, maltratados y violentados. Muchos de los vegetales y frutas que consumimos, fueron cultivados utilizando insumos artificiales y tóxicos para acelerar su desarrollo, aumentar su tamaño y/o modificar sus características. Los agregados innecesarios en la preparación de las comidas desvirtúan las propiedades y sabores de los alimentos, recuerdo al poeta Carlos Martínez Rivas decir en una ocasión que almorzábamos: “me gusta sentir el sabor natural de cada cosa al comer”.

Un movimiento “slow food” (comida lenta), en oposición a “fast food” y “fast life”, se ha extendido a nivel mundial a partir de 1989, desde las ciudades de Bra (Italia) y Wagrain (Suiza), reivindicando, no solo el derecho a comer lento y bien, sino a disfrutar los acontecimientos cotidianos, promoviendo la desaceleración en el uso del tiempo.

Hay una señal esperanzadora en un mundo agobiado, son más personas las que comienzan a valorar la comida sana y la vida menos agitada. La “productividad” puede ser una trampa, hace y “gana” más, pero el desgaste, el desequilibrio humano, social y sicológico, el daño medioambiental es incuantificable. ¿Cuánta oportunidad pierde la vida?

La velocidad invade la manera de alimentarnos y de vivir, influye en nuestros actos rutinarios, se evidencia en el tránsito vehicular cuando caemos en el error, por reducir distancias, cumplir las apretadas agendas o simplemente por la costumbre, de acelerar.

El estrés contemporáneo es consecuencia principalmente de la velocidad, hacer más en menor tiempo lleva a desaprovechar el disfrute de lo que hacemos viviendo cada momento para dormir, comer, caminar, conversar, leer, trabajar, contemplar el amanecer, el atardecer o la lluvia, percatarnos del entorno, ver sus rostros, escuchar, escucharnos, guardar silencio… Desacelerémonos. La velocidad engendra violencia, accidentes, enfermedad, muerte…

No es “lentitud por lentitud” como escribe el periodista canadiense Carl Honoré (“Elogio a la lentitud”, 2004), sino hacer cada cosa en el tiempo justo. Lo que merece hacerse despacio, hay que hacerlo despacio, reconociendo que las personas tenemos distintos ritmos. No es “haraganear inútilmente” (aunque también sea necesario a veces), sino la lentitud útil y relajada que permita vivir y encontrar el sabor de cada momento, dejando la carrera frenética que nos imponen desde que nacemos.

¿Qué sentido tiene ir más rápido conduciendo un vehículo cuando por diez minutos que “ganamos” podemos perder la vida? Démonos la oportunidad de vivir de una manera más profunda recorriendo con serenidad el tiempo que nos toca.

¿Cómo salir de la trampa mortal en la que nos hemos embarcado? Por la prisa, que nada bueno deja, nos hemos desconectado de nosotros y del entorno. Sus consecuencias dañan, superémoslas.

 

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